viernes, febrero 04, 2011
Sven, tercera entrega
Los pocos días en que podía dormir, Scott Arango tenía pesadillas terribles y mucho miedo de abrir los ojos y encontrarse de nuevo en Irak. A pesar de haber sido dado de baja hacía tres años, sentía que nunca había dejado el desierto, o al menos que el desierto nunca lo había dejado a él. De hecho, en ocasiones encontraba arena en su zapato y escorpiones entre sus sábanas. Se había enlistado creyendo que si había logrado superar la Compton High School con un par de peleas ganadas por knock out -una de ellas contra Brandon López, un chicano del que se decía había acuchillado a un profesor en su anterior High School- podía con un montón de árabes con turbantes. Además las oportunidades de trabajo en Compton, California, no eran demasiadas. El primer empleador de su ciudad era la entidad que más odiaba: La corte superior de Los Ángeles. No veía cómo iba a trabajar para la corte y a la vez visitarla cada cierta cantidad de meses por manejar borracho o golpear alguna muchacha. De hecho, al momento de enlistarse, ya tenía un historial bastante decente de ofensas y crímenes menores. Eso, obviamente, no fue obstáculo para ser parte del U.S Army.
El primer día en Irak se dio cuenta de que su actitud de chico malo del High School -o el liceo, como le llaman en las traducciones mexicanas- no le iba a servir de nada. La mirada profunda de los iraquíes, sin importar si eran hombres mujeres o niños, le asustaba muchísimo. Podía ver que lo despreciaban, que él representaba algo que ellos odiaban con todas sus fuerzas y que seguro si lo encontraban solo, lejos de las Humvees o de sus demás compañeros, lo quemarían vivo o lo matarían a pedradas. Después, faltando solo treinta días para la rotación de su compañía, vino la emboscada. Aparece todo en esas noches de pesadillas reales, como diapositivas que le queman la parte de adentro e los párpados: La explosión ensordecedora, la pierna destrozada, gente muriendo a su lado, los iraquíes impávidos, viéndoles desde el balcón de sus casas, como quien mira un documental de National Geographic. El despertar de hospital en que se dio cuenta que su cuerpo no era, ni sería el mismo nunca, porque donde hubo una pierna entera, sana, musculosa, con un vello corto y rubio, ahora no había nada. Lo enviaron a casa, llenó el formulario 21-526: Veterans Application for Compensation Or Pension, y el ejercito de los Estados Unidos le asignó una pensión mensual Mil doscientos treinta dólares.
Terminó en Medellín porque sus padres son Colombianos y porque mil doscientos dólares en Compton le hubieran significado una vida humilde, sin putas y sin marihuana. Además, donde nació la gente lo miraba como un latino lisiado y pobre. En Colombia ese dinero era suficiente y la gente lo miraba como un gringo lisiado, pero con plata. Vivía en una de las piezas colectivas de un Hostal en El Poblado, el Tiger Paw, que le había alquilado el dueño, otro gringo, por Quinientos mil pesos mensuales. La verdad Scott era algo así como un empleado más del Hostal, como decía él mismo: un guía nocturno para ciertos clientes que no estaban interesados en el Turibus y que llegaban por montones a una ciudad en la que por el precio de una Big Mac, te puedes meter un Joint como un puro cubano. Lo único que le pedía Brandon, el dueño del Tiger Paw, era que si el Hostal estaba lleno, se fuera a dormir a otra parte. A Scott no le molestaba. Esos días los pasaba donde las chicas. Hacía diez meses que había perdido la pierna y no se quejaba del rumbo que había tomado su vida. Se dedicaba a emborracharse, drogarse y acostarse con todas las mujeres que podía.
Scott o el Gringomocho, como lo llamaban los pocos colombianos que frecuentaba, se había gastado más dinero del que debía al principio de ese lluvioso mes de Abril. Y, cuando eso le ocurría, tenía que pasar unos cuantos días aburridos, digamos del quince al treinta, comiendo poco, bebiendo poco, drogándose poco y sin mujeres. Eso, si no aparecía un turista interesado en sus servicios. Eran las seis de la tarde y estaba sentado en el hall del Hostal viendo Los Simpsons cuando entró un hombre alto, de unos treinta y cinco años, ojos excesivamente claros y una mandíbula fuerte iluminada con una incipiente barba amarilla. Llevaba un pequeño maletín en la mano izquierda y estaba haciendo el check-in con un español de acento muy marcado, aunque no supiera realmente qué acento. Sabía que no era gringo ni australiano. Mucho menos británico. Parecía más un vikingo, le recordaba una ilustración de un libro del High School, en la que aparecía un grupo de hombres parecidos al que veía, envueltos en pieles de animales, con espadas enormes, antorchas, cascos con cuernos, barbas largas rojas y amarillas, que con miradas dementes, arrasaban un pueblo. Así se imaginaba él su llegada a Irak, como esos salvajes que arrasaban pueblos enteros sin respeto a nada. Sus sueños de destrucción fueron reemplazados por el miedo a sus propios compañeros, dementes por el efecto de la arena en el cerebro, la zozobra de las vigilancias nocturnas, el miedo profundo en los desplazamientos, el saberse liberando a un pueblo que los odiaba más que a los terroristas de los que los liberaban, la necesidad de mujeres y un montón de cosas que hicieron que en cierta forma agradeciera haber perdido la pierna. El sueco pareció terminar el check-in y subió a su habitación. Como era un mes de los duros, cualquier visitante nuevo en el Tiger Paw significaba para Scott la oportunidad de prestar sus excelentes servicios de guía nocturno.
jueves, noviembre 25, 2010
Sven, Segunda Entrega
Entonces decidió que hoy iba a decidir. Ayer se la había pasado divagando, hoy debía tomar decisiones. Lo primero: no volvería al trabajo. Segundo: Los aspectos prácticos de su muerte se los dejaría a los demás. Él se preocuparía por estar vivo. Tercero ¿Qué iba a hacer durante este año? abrió su laptop y entró a la página de Attmars Sparbank para ver cuánto tenía en su cuenta de ahorros: Doscientas cincuenta y ocho mil seiscientas Kronen y cuarenta y cinco öre. Después entró a la página del fondo de inversión en donde había puesto el dinero que obtuvo en la venta de la casa de sus padres y del seguro que le entregaron cuando murieron: Trescientas ochenta mil trescientas Kronen y veinticuatro öre. Tenía en total seicientas treinta y cinco mil novecientas Kronen y sesenta y nueve öre, unos noventa mil dólares. Nada mal para gastarlos “antes de un año”. Descartaba entregar todo el dinero a la caridad y pegarse un tiro. Aunque era la solución más práctica, no creía ser capaz de hacerlo, de lo contrario seguramente lo habría hecho antes. Pensó que lo mejor sería gastarlos en cosas que le gustaran, así que abrió un documento nuevo de Word y puso como título en Helvética:
SAKER JAG GILLAR
A continuación, dejando dos espacios, puso un 1 y un punto y se puso a pensar en las cosas que le gustaban mientras el cursor aparecía y desaparecía llevando el ritmo de los segundos que desperdiciaba pensando. Se dio cuenta de que se le ocurrían mil cosas que No le Gustaban, pero no podía pensar en alguna que sí. No le gustaban los perros. No le gustaba el helado de dieta. No le gustaba que los objetos estuvieran fuera de su sitio. No le gustaba la gente de su trabajo. No le gustaban sus vecinos. No le gustaba su jefe. No le gustaba su ropa. No le gustaba que las personas se dejaran crecer los pelos de la nariz hasta que se vieran asomándose por las fosas. No le gustaba que las mujeres lo rechazaran. Pero, ¿qué le gustaba?. No se le ocurría nada. Decidió que era mejor parar un momento y preparar café. Al tomar la bolsa de la alacena y vaciar los granos en la Espresseria, un olor agradable ascendía por su nariz y le llegaba a todo el cuerpo haciéndole sentir algo agradable. En ese momento se dio cuenta de lo mucho que le gustaba el café. De lo mucho que lo disfrutaba. Puso la EA6280 en funcionamiento y volvió al laptop para anotar:
1. Kaffe
Después puso un número 2 y un punto. Volvió a pensar qué más le gustaba. Y se percató que le faltaba una muy fácil, el sexo. Así que escribió:
2. Kön
Puso un número 3 y a continuación un punto y pensó durante un rato en más cosas que le gustaran. Fue por el café, que ya estaba listo, y comenzó a tomarlo. La mezcla de agua, calor y el fruto tostado del cafeto, se deslizaban por su garganta en pequeñas cantidades marcadas por el ritmo de sus sorbos. El efecto de la cafeína era inmediato: le separaba de la realidad que le agobiaba. Entre las cosas que le gustaban seguro que ninguna superaba lo que una buen taza de café lograba hacerle sentir. Se tomó cinco minutos para terminar el espresso y al volver al archivo de Word borró el punto, el 3 y guardó el archivo en el escritorio con el nombre SAKER JAG GILLAR.doc . Pensó que con noventa mil dólares podía tomar mucho café en un país tercermundista y en cuanto al Kön, podía tenerlo también por dinero en cualquier parte del mundo. Decidió que iba a dejar a Estocolmo porque Estocolmo lo había dejado hacía mucho a él. Lamentó que sólo la visión cercana de la muerte le hubiera podido despertar así, que sólo así pudo soltarse las correas de una ciudad que no le gustaba. Descubrió que había sufrido del Síndrome y se había enamorado de su ciudad captora.
Con el frío punzante de enero como su único acompañante, Sven Lindhom está parado frente al aeropuerto de Arlanda y mira por última vez a Estocolmo. Son las cinco y cincuenta de la tarde. Tiene un tiquete aéreo en el bolsillo del abrigo y un maletín pequeño agarrado fuerte con su mano izquierda. El destino del tiquete en el bolsillo de Sven es, con escalas en Ámsterdam donde esperará dos horas, y en Ciudad de Panamá, donde esperará cinco, una ciudad empotrada entre un grupo de montañas. Su hora de llegada a Medellín: quince y cuarenta y cuatro del día siguiente.
miércoles, noviembre 17, 2010
Sven, Primera entrega
Sven Lindhom se levantaba cada Jueves a las siete y cincuenta y cuatro de la mañana. Tomaba un baño de cinco minutos porque los jueves no se lavaba el pelo. De lo contrario se hubiera levantado a las siete y cincuenta y dos, porque usaría dos minutos más bañándose. Después se vestía con la ropa que había preparado desde el día anterior. Jueves: corbata de seda roja, camisa blanca de algodón, pantalón negro de corte elegante y chaqueta negra. Las medias y los calzoncillos eran iguales para todos los días. Los compraba en el H&M de Kungsträdgården cada seis meses. Ocho pares de medias negras largas y ocho calzoncillos blancos sueltos. Tras vestirse, iba a la cocina y preparaba café. Era tal vez el único momento que verdaderamente disfrutaba en el día, el café de su Espresseria Premium Automatic Krups EA 8260, en la que había gastado las 753 kronen mejor gastadas de su vida. La EA 8260 trabajaba silenciosa y mientras esperaba, Sven entraba a la Internet y visitaba la página de Aftonbladet para enterarse de las noticias. La economía, bien. El desempleo 4%. Un accidente en Jakobsgatan: dos heridos. No sabía porqué se molestaba en leer las noticias a diario si periódicos de su país eran iguales todos los días: todo iba bien. Tal vez lo hacía sólo para ver los resultados del Hockey. Cuando la lucecita de su EA8260 le indicaba que el café estaba listo, desayunaba: un espresso sin azúcar, dos panes redondos pequeños con mantequilla y dos tajadas de queso. A las ocho y treinta de la mañana exactas salía de su apartamento, en el 62 de Pilgrimsvägen, esperando no encontrarse con algún vecino conocido a quien tuviera que saludar y le hiciera perder su tren de las ocho y treinta y cuatro. Al salir por la puerta de vidrio del edificio se ponía los audífonos del iPod, oía algún Podcast de National Geographic que había descargado el día anterior y caminaba las dos cuadras que había entre su casa y la estación Aspudden donde tomaba el tren de todos los días. Los rostros eran casi siempre los mismos. A las ocho y cuarenta y ocho atravesaba con paso rápido la puerta del vagón y subía las escaleras de la estación Östermalmstorg, compraba una manzana y se dirigía al trabajo. Entraba al 18 de Grev Turegatan a las ocho y cincuenta y seis minutos, con tiempo suficiente para subir las escaleras, saludar a Judit, la recepcionista de Adolfson & Olander AB, Consultores Financieros, y dirigirse a su oficina. A las nueve exactas ya había encendido su computador y estaba trabajando.
Después de enterarse de que iba a morir pronto, Sven Lindhom llegó a su casa y se percató de que la Espressería no tenía café. Abrió una bolsa y rellenó de granos olorosos el compartimento que para ello tenía la máquina. Mientras esperaba que la máquina hiciera su trabajo, la noticia se pudo asentar en su cuerpo, más exactamente en su estómago. Sentía como si lo estuvieran inflando con un gas pesado. Se iba a morir. Se iba a morir. Se iba a morir pronto. No podía asimilar lo que sentía, estaba verdaderamente incómodo. Tenía seis meses, a lo sumo un año de vida. La lucecita de la Espresseria se encendió indicando que había terminado de llenar el pocillo de cerámica italiana. El olor a café fresco le alivianó un poco la sensación en su estómago.
El apartamento de Sven era de un gusto muy sueco. La sala era la página 36 del catálogo de IKEA dos mil nueve, la cocina, la página 126 y su habitación la 150. Cambió toda la decoración cuando le aumentaron el sueldo, hace un año, por haberse quedado dormido en el trabajo. Un día el señor Olander entró a su oficina y le pidió permiso para sentarse. Sven pensó que lo iban a despedir.
- Adelante, Señor Olander.
El Señor Olander sonrió amablemente y arrastró la silla Arezzo roja lo más cerca que pudo al escritorio de Lindhom, intentando crear una atmósfera de confianza. Se sentó, lo miró a los ojos, esperó unos segundos mientras escogía con cuidado las palabras y finalmente dijo:
- Sven, estamos preocupado por ti.
La expresión de su rostro era grave. De verdad se le veía preocupado.
- ¿Porqué?, señor Olander.
Sabía que era porque se había quedado dormido.
- Llámame Erik, Sven; Sabes que no me gusta que me digan Señor Olander.
- Lo siento, Erik.
Sabía que el Señor Olander odiaba que le llamaran Señor Olander.
- Porque… porque te han encontrado durmiendo en el trabajo dos veces esta semana.
Esto lo dijo en voz baja, casi imperceptible, como si se avergonzara de decirle que se había enterado.
- Lo siento Seño… Erik. No he dormido bien.
Realmente había dormido de maravilla. De hecho, por esos días encontraba muy agradable dormir, y no se había dormido dos veces sino todos los días. Pero sólo dos veces entró a su oficina Margareta, la de contabilidad, a despertarle de la manera más desagradable: Carraspeando su garganta de gallina clueca. Él despertaba sobresaltado, pero en poco tiempo recobraba con naturalidad su postura. Recibía los papeles que le venía a traer Margareta, que se limitaba a mirarlo con reproche, y al salir ésta, volvía a su posición y seguía durmiendo.
- Lo hemos pensado mucho Sven y creo que es culpa nuestra: Las horas extra, los informes, la presión a la que te hemos sometido.
Sven no esperaba que el señor Olander dijera eso. Tenía en la punta de la lengua una sucesión de disculpas que había preparado con anterioridad, porque sabía que Margareta no se quedaría callada y que pronto le visitaría alguno de sus jefes. No había preparado respuesta para un jefe preocupado sino para uno bravo. Hubo una pausa de unos segundos, que el señor Olander cortó diciendo:
- Eres un buen empelado Sven. En los siete años que llevas con nosotros has hecho tu trabajo con responsabilidad y calidad. Nos gustaría que fueras más a los espacios sociales que promovemos, pero entendemos que prefieras estar con tu familia o la tranquilidad de tu casa. El señor Adolfson y yo queremos que te tomes unos días, que descanses. No importa cuantos. Vete un tiempo a la casa de tus padres en Karlstad, vete al caribe, o simplemente descansa aquí en Estocolmo, como prefieras.
A Sven no le agradaban mucho sus compañeros de trabajo y nunca iba a ninguno de los “espacios sociales” que promovía la compañía para estrechar los lazos entre los trabajadores. La única vez que fue, tomó más Schnapps de los que debía y terminó insinuándosele Margareta, la de contabilidad, que lo rechazó sin misericordia Del incidente se habló durante meses en la oficina.
Sus padres habían muerto hacía años en un accidente automovilístico, pero cuando llegó a Olander & Adolfson AB, Consultores Financieros, se encargó de revivirlos para, de cuando en cuando, irse de la oficina temprano los viernes y llegar a tiempo a la comida en casa de su padres. En realidad se iba al apartamento a ver televisión o a algún bar a intentar conseguir que alguna mujer le acompañara a casa.
El señor Olander esperaba que su empleado dijera algo, pero Sven seguía contrariado. Esa conversación se había retorcido en un sentido que Sven no esperaba. Lindhom no sabía qué decir, así que sólo asintió. Con cada segundo que su empleado permanecía callado, Erik se sentía cada vez más avergonzado. Verdaderamente pensaba que era su culpa que Sven se quedara dormido en el trabajo. No aguantaba ese silencio y tuvo que rellenarlo con lo primero que se le ocurrió:
- ¡Además queremos que aceptes un aumento! Pasarás de trescientos ochenta mil Kronen anuales a cuatrocientos mil, como agradecimiento a tu excelente rendimiento durante estos años de trabajo.
De nuevo Sven se quedó callado.
- Ah, y en cuanto a lo que gastes en tus días libres, déjanos pagar el cincuenta por ciento…
Sven se daba cuenta de que ese silencio era buen negocio y que si permanecía callado el señor Olander le ofrecería cualquier cosa: ser socio de la firma, una noche con su esposa, un Volvo... Pero no le importaba. No quería que el señor Olander estuviera más al frente suyo con esa actitud de jefe comprensivo. Sencillamente, estaba cansado de él. Así que dijo secamente:
- Gracias, Erik.
La cara del señor Olander dejó de estar tensa, y aunque sabía que había prometido más de lo que debía, se enorgullecía de velar por los intereses de sus empleados de manera tan franca y desinteresada. Estaba seguro que Sven estaría agradecido con él de por vida y aceptaría quedarse en ese cargo sin proyecciones. Salió de la oficina feliz y en la noche, mientras comía. le contó a su esposa y a sus hijos lo buen jefe que era.
Sentado en su sofá de IKEA saboreando un espresso, Sven Lindhom pensaba en la muerte. En lo abstracto que encontraba todo aquello. Un médico le acababa de decir que iba a morir antes de un año. No comprendía qué podía significar “morir antes de un año”. ¿Significaba que iba a verlo todo blanco, muy brillante, como cuando se mira el sol directamente?, ¿Significaba que iba a ver negro, todo negro, y que iba a dejar de ser consciente de ver nada? ¿Iba a ser nada? ¿Significaba que no tendría que seguir trabajando? En términos prácticos, Sven encontraba muchas contrariedades en el tema de Su Muerte. ¿Acaso debía ponerse a dieta para ser un cadáver esbelto y elegante?, ¿qué dieta?, ¿la del astronauta? Realmente no sabía nada de dietas y no sabía si tendría tiempo para ponerse al día en el tema. ¿Debía comprar él el vestido que usaría en el ataúd, o le dejaría esa responsabilidad a los servicios sociales? ¿Sería un vestido elegante, o quizás algo casual? Piensa que es mejor ser un muerto elegante, que un muerto cómodo. Al fin y al cabo, muerto estaría. ¿Quién iría a su funeral?, ¿Irían sus vecinos, a quienes evitaba saludar siempre?, ¿irían el señor Olander y el señor Adolfson? ¿Dónde sería enterrado?, ¿cremado? Cremado le parece una buena opción, algo práctico. ¿Escogería un recipiente metálico para sus cenizas, o uno de madera?, si fuera de madera, ¿sería esmaltado brillante o con un acabado rústico?, ¿habría en el catálogo de IKEA algo que sirviera?, ¿le correspondía a él escoger el recipiente para sus cenizas? Debía hacer muchas cosas antes de morirse. La sensación de pesadez se volvía cada vez más insoportable, sentía que su cuerpo entero estaba inflado con ese gas pesado y que el sofá no resistiría y colapsaría pronto.
El médico había dicho: “Antes de un año”. Pero, ¿qué era un año en la vida de Sven Lindhom? Recuerda que en su infancia, un año era una barbaridad de tiempo. La distancia temporal entre un invierno y otro, era para el pequeño Sven, una vida entera. Recordó a su padre: alto, rubio como él, barrigón y de carácter fuerte. A su madre, cariñosa con él y sumisa con su padre. Pudo sentir, por un momento, el sabor de los pancakes que le preparaba los domingos. Recordó a Theo, el fox terrier con el que había tenido tantos momentos felices. Theo le enseñó que era mejor no encariñarse demasiado con nada. Cuando el Señor Ulrich atropelló a Theo Sven había sufrió tanto, lloró semanas enteras, por lo que que decidió renunciar a sentir algo parecido. Hoy el tiempo era algo muy diferente para él. Una semana de su niñez podía compararse con un año en Olander & Adolfson AB, Consultores Financieros. Cuando empezó a trabajar allí, se limitaba a intentar hacer de sus días fotocopias uno del otro, para no diferenciar el lunes del viernes. Para hacer el tiempo entre un pago y el otro más corto, empezó a tratar de uniformar los días para confundirse y que sólo las estaciones le dieran pistas sobre el avance de los meses. La rutina, lo sabía por experiencia, hacía de su vida un río tranquilo pero rápido. En lo que nunca había pensado, era en que ese río tendría un fin. O cuando lo había hecho, se imaginaba viejo. Al menos un poco más viejo. Para ese momento, ya había terminado el séptimo espresso. Fue a la cocina, lavó el pocillo y se acostó .
domingo, diciembre 27, 2009
Comandante Lagarto
jueves, julio 02, 2009
CIRCULAR

Iba yo en el Circular del trabajo para la casa. En esa época yo trabajaba en Campos de Paz. Si mijo, en el cementerio mismo. Yo nunca le he tenido agüero a nada sinceramente. El trabajo era muy bien pagado pa lo bobo que era. Yo era básicamente un relleno de velorio. Mejor dicho, me tocaba estar pendiente de las salas de velación VIP, que pagaban un extra por el servicio, y meterme en las que estuvieran más vacías. Trataba de llorar un poco, gemía, me tomaba dos o tres tintos, hacía de cuenta que el muerto era mío y esperaba a que la gente fuera llegando. Cuando se llenaba la sala, me iba para otra, porque eso sí, nada más triste que una sala de velación vacía. Realmente creo que fue uno de los trabajos en los que yo más buena he sido. Es que míreme la cara, mire como parece que me doliera algo siempre, como la boca siempre me queda torcida y los ojos entrecerrados. No crea que es que yo pongo la boca así de gusto miquerido, es que yo soy así desde chiquita y aunque mi mamá si me trató de corregir eso y me pegaba y todo para que pusiera una cara normal, mi cara seguía así. Por eso fue tan fácil que me descubriera un caza talentos de la Funeraria. Me vio y me dijo que yo era natural para la cosa y más se demoró él en explicarme, que yo en estar llorando, gimiendo e inventándome historias de de dónde había conocido yo el difunto. De ese trabajo también le podría contar muchas historias, pero ahorita no hay tiempo sino para contrale la del bus.
Ese día salí tarde del cementerio y me acuerdo que me tocó esperar como 5 minutos a que pasara el Circular. Usted sabe que eso es mucho tiempo para un Circular. Yo, que casi siempre andaba sin reloj, calculo que era después de las 9pm. La noche no era ni muy fría ni muy caliente, una típica noche de la Ciudad Anaranjada. El bus que pasa por fin y yo que lo paro y voy a pagar los 800 del pasaje con una moneda de mil. Pero el busero me dice que no, que mire, y me señala un letrero en el parabrisas del bus que dice “NO SE ASEPTAN MONEDAS DE 1000” entonces yo encantadísima me siento en la banca de adelante a buscar la menuda. Me tocó escarbar en la cartera hasta encontrar la suma entre labiales, pestañinas, llaves de la casa y demás abalorios que mantiene siempre una en el bolso. No fue sino hasta que pagué, que me di cuenta que estaba sentada al lado de un muchacho muy mal encarado, con un tatuaje en la mano de una cruz al revés, que me dicen, es un signo del diablo. Tenía una camisa negra con un perro roduailer dibujado y bluyines rotos. Virgen santa mijo, no se imagina la pinta de ese muchacho. Yo lo más de asustada, me quedé ahí sentada porque el bus estaba más bien lleno y yo pensaba que era cosa mía eso de verle al muchacho como la cara de ratero. Pero fue que ese bus arrancó y yo veía que ese muchacho me miraba la cartera, la miraba y la miraba. El bus paraba y el muchacho miraba y miraba la cartera. Ahí si me puse fue mosca porque esos muchachos son capaces de robarla a una sin que una se de cuenta. Pasamos Belén y no veía yo la hora de hacer traslado en el ÉXITO de Laureles. Cuando llegamos, me bajé y traté de escapármele al muy verriondito, pasándole rápido por el frente y montándome en el otro bus rápido para coger puesto al lado de otra mujer o de un señor de bigote, que los señores de bigote son casi siempre papás y buena gente, pero fue exactamente cuando me le pasé por el frente que me descuidé y el muy desgraciado metió esas garras de ratero en la cartera y me sacó la billetera. Segura. Estaba segura de que el muy desgraciado me había robado. Pero yo nunca he sido boba. La cosa no se iba a quedar así. Cuando hicimos el traslado, fui yo la que me le pegué a ese verraco. Me le senté al lado y metí la mano al bolso a ver si estaba la billetera, pero no la sentí. Lo que si sentí fue un cortaúñas que yo siempre mantengo en la cartera y que tiene un arranca callos grandecito y se me ocurrió la manera de recuperar la ijueperra billetera. Saqué la cuchillita y se la puse disimuladamente al muchacho en las costillas y pasito, bien pasito pa que nadie se diera cuenta, le dije, sacando todo lo que sabía de vocabulario amenazante: “No sabés con quién te metés malparido, la billetera, metela otra vez en el bolso hijueputa o te corto”. El pelao puso una cara de susto tremenda. Se puso pálido pálido. Seguro nunca se imaginó que lo fueran a pillar y menos yo, que parezco como tan mosquitamuerta, pero chiquita y todo y le saqué cuchilla. El pelao metió algo al bolso y yo lo despaché: “andate, perro” y se bajó ahí mismo. No te imaginás la felicidad mía. Yo si soy muy verraca, me decía, con un cortaúñas hacer que me devuelva la billetera, eavemaría, pura calle, yo si soy pura calle, pensaba orgullosa. Pero cuando llegué a la casa y fui a comprar unas cositas para la comida, me di cuenta que no me habían robado la billetera. Que no me habían atracado. Que si alguien era una ratera, la ratera era yo que tenía mi billetera y la de ese pobre muchacho en el bolso.
martes, mayo 05, 2009
LA GUACA -Parte II-

Qué pena con vos no haberte ofrecido nada mi querida, ¿te tomás un tintico, una aromática, un juguito de mora? ¿Con azúcar? Listo mija, ya te traigo pues la agüita de apio, le puse dos de azúcar, ¿así está bien? ¿En qué iba? Ah sí, el maldingo espanto.
Resulta mija que al otro día me fui a comprar lo del diario a la tienda de la esquina, porque hasta tienda en la esquina tenía esa casa, tienda de la esquina donde me fiaban, porque vos sabés que uno con el marido jubilado tiene que conseguir quién le fíe porque esas pensiones llegan muy corticas y generalmente las tiene uno ya comprometidas para pagar un club en Flamingo o para un arreglo del carro. Cuando estaba pues preguntando por una cebolla roja y quitándole toda la tierra para que no me pesara más de la cuenta, entra una señora a la tienda y yo por casualidad me doy cuenta que ella pide lo mismo que yo estoy llevando, tomate, cebolla, plátano, arroz, frijoles, y me da por ponerle conversa y le digo que si en la casa de ella también hacían frijoles los martes, y no los sábados como en casi todas partes, y ellas que sí, que en la casa de ella se hacían también los martes y que que risa y que que tan querida que cuando vas a venir a tomarte un tinto a mi casa. Y voy yo diciendo MI CASA y a ésta que se le descompensa esa cara como si se hubiera comido una cucharada de bicarbonato. No mija, mejor vamos para mi casa, me respondió, ya tragándose del todo lo que sea que le haya hecho poner esa cara tan horrible, que me da pena yo tan conchuda, y yo que no que tranquila, y ella que no, no, gracias, que vení y hacemos el almuerzo juntas mientras vemos padres e hijos. Y yo que listo pues mi querida, como vos querás. Cómo es que en el almuerzo, hablando de esto y de lo otro, ésta me cuenta que dizque a ella le daba miedo la casa mía porque allá se había muerto una muchacha hacía rato y una vez un taxista fue dizque a llevarle una chaqueta que se le había quedado a la muchacha en el carro de él la noche anterior. Y era que la mamá de ella miraba al taxista como diciendo éste malparido, y el taxista serio, y la mamá por fin le creyó y se puso a llorar mientras le decía que la hija de ella se había muerto hacía rato. Que la viejita y el viejito eran los que nos habían alquilado la casa y que ese espanto estaba porai cerquita. Después seguimos hablando de los viejitos que dizque tenían mucha plata, pero desde que se murió la muchacha, no habían vuelto a gastar ni un peso, que parecía como si la pelada se hubiera llevado la fortuna de ese par. Como a la una y media, mas bien asustada, no te miento, me fui a llevarle los frijoles a Juaco y le conté todo el cuento, pero él no me paró bolas porque se puso a comer mientras veía un partido de repetición de la copa libertadores.
Juaco es de los que se duerme y no hay poder humano que logre despertarlo. Ese se acuesta a hacer siesta y te cuento que yo puedo invitar a la banda de guerra del ejército a tocarse el himno antioqueño ahí en la pieza y el verriondo de Juaco seguiría ahí dormido con la baba seca en el cachete. Porque también es baboso el Joaquín, bien baboso, aunque mirá algo curioso, sólo se babea en la siesta, de noche duerme impecable, como muerto. Y como muerto estaba el primer día que comencé a sentir la presencia sobrenatural. Fue una noche de Abril. Estaba lloviendo a cántaros y el viento hacía que los árboles se movieran con fuerza. Y eso era que sonaba el árbol bamboliandose de lado a lado y el truenero, y el viento en las celosías que silbaba agudo. Todos esos ruidos juntos y yo no pegaba el ojo, mientras el muy plasta de Juaco hasta roncaba. Fue esa misma noche, justo después del aguacero, que se manifestó por primera vez con unos ruidos que el que sepa alguna cosita de espantos, ahí mismo identifica: Ruido como de metales, como de cadenas arrastradas, voces, quejidos, de lo más miedoso que miatocado pues. Esa primera noche me la pasé toditica en vela, aunque los ruidos se terminaron como a los 15 minutos, justo cuando logré despertar al plasta de Juaco, que obviamente me regañó porque eso nueran sinó inventos míos, sugestión, por mantenerme viendo ese canal de porquerías y leyendo Agatha Christie y Edgar Allan Peo, así le dice el muy ignorante. Juaco se volvió a dormir ahí mismito, pero yo no pude pegar el ojo con ese susto tan terrible que tenía. Me alcancé a preguntar y todo si sí era verdad todo eso que oí, pero estaba tan segura, tan segura de que eso era sobrenatural, que ni riesgos mija que yo me dormía pa que me jalaran las patas o pa amanecer con el pelo lleno de trenzas, que quién me aseguraba a mí que era el espanto de esa pobre muchacha y no una bruja, o que la misma muchacha no fuera también bruja y que a falta de caballos me cogiera a mí a enredarme el pelo con la lidia que me da a mi tenerlo así organizaíto.
Eso fue un Viernes. El sábado vuelve y juega, los ruidos, los platos, las voces, y Juaco dormido y yo sin pegar el ojo. Pero el Domingo, el Domingo si fue que pasó lo que tenía que pasar. Eran como las 6:30pm y Juaco estaba como siempre sentado al frente del TV viendo fútbol cuando se fue la luz. Ese pobre quedó aburrido como una ostra, no se hallaba, tanto fue el desespero que me fue a buscar conversa, que qué más, que qué contaba, y yo no Juaco, llevo como 3 días sin dormir por esos ruidos tan miedosos, y le conté otra vez la historia de la muchacha y apenas terminé, se comienzan a oír otra vez los ruidos esos. Ay virgen María sí que me dio susto a mí eso. Las otras veces estábamos en el segundo piso y no se oía tanto, pero esta vez estábamos abajo y ahí sí que se oía todo patentico patentico. Ruidos de metales como cadenas arrastradas, platos, voces, y yo que me persigno y le digo a Juaco que oiga mijo, oiga y dígame si es que eso no es muy miedoso, y Juaco ya medio azarado me dice que eso tiene cara de entierro, eso tiene cara de Guaca, que seguro esa muchacha nos quiere mostrar algo y sale dizque buscando a ver de dónde vienen los ruidos. Yo obviamente iba pegada de él porque ni modo quedarme sola y aunque tenía una taquicardia terrible del susto, también tenía curiosidad, porque si sí era una guaca como decía Juaco, ahí sí olvídese de la mandinga pensión, los clubes de Flamingo y el crédito en la tienda de la esquina. Después de dar varias vueltas por la casa, nos dimos cuenta de que los ruidos venían de debajo de la escalera, precisamente la escalera, que tenía una pared en madera y donde había espacio suficiente para mucho oro y muchas joyas. Fuimos por el martillo y Juaco empezó a levantar tablas y yo a rezar el rosario, cuando destruyó un buen pedazo de la primera tabla me dijo que veía una lucecita, que iba a ver si hacía un hueco para meter la mano y yo santa maría madre de Dios… y él que ya me cabe el brazo, voy a ver qué encuentro y lo mete y me dice que cogió algo frío, metálico, como una jarra… y la saca… y no es de oro como nosotros creíamos sino de aluminio y está llena de chocolate. Y Juaco que vuelve a meter la mano y alguna presencia sobrenatural se la coge mi querida, se la agarra duro y él no acata a decir sinó: ¿en nombre de Dios quién eres? y él que pregunta y abajo que responden, quién más va a ser malparido, el vecino ratero hijueputa.
Ahora vivimos aquí en pedregal y no está mal, pero esa casita de Prado mi querida si fue el mejor vividero por el que hemos pasado Juaco y yo.



