sábado, mayo 10, 2014

Reality Show



         En la sala de una casa un hombre y una mujer obesos miran en el televisor la imagen de un hombre y una mujer obesos que miran el televisor en la sala de una casa. La mujer se ve muy interesada, como esperando que algo interesante ocurra. El hombre tiene el ceño fruncido. La mujer tiene el pelo negro con capul y tirabuzones en los lados. El hombre tiene bigote. Los dos tienen gafas. En hombre está vestido con pantalones beige y una camisilla blanca manchada de grasa. Es calvo. La mujer tiene un conjunto de sudadera y chaqueta de terciopelo vino tinto con parches de una tonalidad más clara en los codos y en las rodillas. Los dos miran a la pantalla con ojos vidriosos como si nada más existiera. Ella dice:

–Creo que ella va a decir algo.

Unos segundos después, la mujer del televisor, que es muy parecida a la mujer que de afuera del televisor, dice:

–Creo que ella va a decir algo.

Después de oírla, la mujer de afuera del televisor dice contenta:

-¡Sí dijo algo!, ¡qué maravilla!, la televisión se parece cada vez más a la vida de uno, a lo que uno hace, ¡qué maravilla!, y tu que querías ver el partido de fútbol, mucho pendejo.

Unos segundos después, la mujer del televisor repite las palabras de la mujer afuera del televisor. La pareja obesa del mundo real se estremece y sus grandes nalgas hacen chirriar el cuero del sofá. No dejan de mirar el aparato ni por un segundo. Sus pupilas se dilatan.

       De repente, el hombre del televisor se para del sofá, toma un bate de béisbol y golpea a la mujer del televisor en la cabeza. Hay un sonido fuerte. Un ¡crack! y mucha sangre.

        El hombre de afuera del televisor se para del sofá.

        La mujer de afuera del televisor no dice nada.

jueves, junio 20, 2013

Este man viene como a saludar

¿Quién será?. Será adelantarme más bien:
-Que más pues hombre, ¿bienono?
-Bién Tomás, ¿y vos?
Claro, él si se acuerda… y yo aquí como una güeva, inventando.
-Bien Loco, dándole.
¿Loco? ¿De dónde me salió eso? Y este me sale  con “dándole” ¿dándole a qué? Dame una pista, algo.
Pero el insiste:
-¿Lo del negocio en Bogotá, ¿Bien?
¿Cómo hago para acabar esto rápido? ¿Bogotá? ¿Este man sabe lo de Bogotá?
-Uy, sí, excelente, todo en orden, vos sabés que nunca faltan los contratiempos, pero lo más de bien.
-Ah, que verriondera Tomás Lopera. Me alegra cantidades. Y Nataly, ¿Bien?
Sabe de ¡Nataly! ¡Sabe todo pues este man!.
-Sí, sí, también muy bien.
-Mandale saludes.
-Claro, claro, y a la patrona tuya también
Echemos el anzuelo a ver si pica, sino, igual estoy seguro que este man ya sabe que yo no tengo idea de quién es.
-¿Patrona?
¿No tiene patrona? ¿Es soltero? ¿Es gay este man? ¿Qué tan hondo se me habrá ido la pata?
-Ja Ja Ja -me río nervioso- Yo por molestar. Ve, te voy dejando que tengo una cita ahora en San Diego.
-¿Vas para donde tu mamá?
Mierda. ¿Sabe del consultorio de mi mamá? !No! este man ¿qué?.
-Si, y ando medio tarde. ¿le mando saludes también?
Digo ya un poco enfadado por la situación.
-Si, mandale saludes a ella y a Rodrigo también. Se acerca el cumpleaños de él, ¿verdad?
¿Quién mierdas es este Hijueputa? Será esto una amenaza tipo “sé todo de vos”, cuídate.
-Claro viejo, yo los saludo. Bueno, te dejo pues, un gusto verte.
-Si, lo mismo. Gracias.

Estaba destrozado. Mi cerebro había borrado el rostro de ese humano. Y ese humano conocía todo sobre mí. Monito, medio bajito. Acento gringo. ¿Y conoce todo de mí? Mierda… ¡¿Quién era ese man?!. Mientras mi mamá perforaba con una herramienta estridente una de mis muelas, la respuesta llegó clarísima:
Esa tarde caminando por la avenida del Poblado, me había encontrado a Mark Zuckerberg.


sábado, noviembre 17, 2012

John Jairo El Negro


Solamente en Sonsón, cuando era un niño, John Jairo había podido ser aquello que desde lo más profundo de sus tripas había querido ser. Sólo a los niños se les permite vestirse como ahora se viste, hablar como ahora habla, gritar y maldecir.

El inmenso dolor, el calor que se llevaba sus carnes, los pedazos de metralla que entraban tan fácilmente en su piel, en su ojo derecho. Y, como en un espejo, Zapata volando despedazado por los aires, pedazos del cuerpo de Zapata encontrándose en el aire con los pedazos del suyo, como aquella vez en que disparaban con los fusiles a papayas podridas.  Finalmente, los dos cuerpos de soldado explotado en el pasto quemado. Zapata había pisado la mina, y él se había muerto.

Abrió su ojo. Estaba en un sitio muy blanco. Movió los dedos de su mano. Olía a alcohol y a carne quemada. Respiraba con dificultad. La luz de la lámpara sobre él era muy fuerte. Cerró su ojo.

Había sobrevivido. El ojo derecho, la mano izquierda y la pierna  del mismo lado, hasta la rodilla, desaparecieron en el calor. Estuvo en largas jornadas de recuperación y fisioterapia. Aprendió a usar las muletas, el ojo de vidrio y una prótesis en la mano izquierda. Estaba vivo, pero se preguntaba si no hubiera sido mejor terminar como Zapata: muerto.

Solo ahora es consciente de que si el pobre Zapata no hubiera pisado esa mina quiebrapatas, él nunca hubiera podido ser lo que siempre estuvo destinado a ser: John Jairo El Negro. Tras años de sentir pena por si mismo, un día entre broma y en serio, se puso un parche negro en el ojo. Siempre odió ese ojo sin voluntad y no quería verlo más. Al principio fue sólo eso. Pero al mirarse al espejo, su rostro de piel oscura, la barba descuidada y el parche: se descubrió.

Mandó a hacer un garfio, para reemplazar esa prótesis inútil. Un amigo carpintero le hizo una pata de palo, las muletas se las regaló a un viejito que vivía cerca. En la minorista compró un loro y le enseñó todas las groserías que se sabía.
Ahora grita y maldice a sus bucaneros en La Playa –con la Oriental-, vendiendo CD´s a los carros que se detienen en la luz roja. Es el Pirata que siempre quiso ser, desde sus días de infancia en Sonsón, el pirata de la ciudad anaranjada: John Jairo el Negro.

domingo, agosto 05, 2012

Ese centímetro



Ese hermoso centímetro que le dio la plata a Catherine, es la centésima de metro más importante que recuerde. La negra que cuando salta se ríe, nos dio hoy una medalla histórica. La mejor atleta Colombiana de la historia, es también la de la sonrisa más hermosa, se llama Catherine Ibargüen. Y no es que me olvide de Ximena, la niña del Marymount que superó todo para quedarse con el bronce en Barcelona 92, la recuerdo como un ídolo imborrable en la historia del deporte colombiano. Fue la primera medalla en atletismo, grandísima. Pero esta negra, con esa sonrisa tan grande, me enamoró. Y ese salto, ese último salto que nos trajo el centímetro que dejó atrás a la ucraniana –actual campeona mundial- es una hazaña preciosa para Apartadó, para Colombia. Para todos los deportistas, sobretodo los futbolistas. Espero que la hayan visto superar la adversidad, en un solo salto, arrebatar una medalla con la presión de ochenta y nueve mil personas gritando como locas.

Catherine en una atleta completetísima. Una saltadora impresionante. Tiene el récord nacional en tres modalidades: Salto alto, salto triple y salto largo. Yo le daría el de la sonrisa más grande. Es una superdotada del salto y la alegría. Hermosa. ¡Vamos Urabá! ¡Vámos Colombia! Que somos grandes cuando nos lo proponemos, que tenemos el ejemplo de Ibargüen, de Yuri, de Ximena, de Rigoberto, de Figueroa, de la Urrutia, colosos entre nosotros, colombianos que sin demasiado apoyo han llegado a lo más alto. A estar entre los mejores.

Fue soberbio: Su sonrisa blanca y enorme, con la que iluminó el estadio repleto, sus brazos arriba pidiendo apoyo, la carrera, el paso que impulsó el salto, dejando por lo menos ocho centímetros hasta la línea de falta –como si supiera que con eso era suficiente-, ese salto descomunal y ¡ese centímetro!. Su sonrisa y el centímetro, que le dio la plata.

Kazajistán nos quita otra medalla dorada, pero en Colombia celebramos la actuación más importante de una atleta en la historia de los Olímpicos. Que saquen el carro de bomberos, los voladores y la maicena, que esto es grande, enorme, gigante. Después veremos como presentamos una queja diplomática a ese país de nombre extraño, que nos arrebató el oro en ciclismo y atletismo, por ahora sólo disfrutar con la negra que cuando salta se ríe, que dejó bien en alto en nombre de este país.

viernes, julio 06, 2012

Dieciséis días antes



Noticia:

http://www.elespectador.com/noticias/nacional/articulo-357099-muere-hombre-tras-consumir-aguardiente-durante-16-dias



Dieciséis días antes


Se había tomado el primer aguardiente de su vida. Era el aniversario de la muerte de Carmen y él llevaba dieciséis años recordando sus vestidos de flores chiquiticas y su olor a lluvia recién caída. Llevaba dieciséis años como una sombra de lo que era cuando Ella estaba viva. Se sentó en la mesa de siempre, en la cafetería de siempre y pidió el tinto de siempre. En la mesa del lado, una par de borrachos celebraban, desde el día anterior, la victoria de un gallo que les había salido bueno. Uno de ellos, al ver a Libardo sentarse, corrió con la botella de aguardiente a su lado y le ofreció un trago. El viejo enojado y serio, lo rechazó tajante. Gracias, otro día. ¿Me va a rechazar el traguito, don Libo? Sí, es que yo no bebo. Además son las siete de la mañana. No se me ponga difícil don Libo, que usted sabe que nosotros somos gente buena, como usted. Esto último lo dijo mostrándole un revólver que tenía bajo su camisa estampada de colores alegres. Libardo, un poco asustado, no vio otra salida a esa situación que tomarse el trago.


El viejo hijueputa ese no quiere vender la puta casa papá. Le ofrecí como tres millones más por ese rancho caído y el viejo sigue sin querernos vender. Que si se va de ahí ¿donde va a poner su mecedora? pregunta el muy pendejo. Que dizque tiene enterrada a la señora ahí, que él se quiere morir ahí y quenosequé y quenosecuantos. Mandémoslo a quebrar papá, no hay de otra, mandémoslo a matar que si no empezamos construcción rápido, vamos a perder la licencia y la plata que le hemos metido a eso. Si no es por las buenas, por las malas será.


Tomó la copa desde abajo, con dos dedos, como cogiendo una copa de champaña y se llevó el trago a la boca. El aguardiente entró pleno de sus labios a su cerebro, sintió de inmediato una sabrosura inmensa y unas ganas de vivir que no sentía desde sus días con Carmen, estaba eléctrico. Sus ojos se abrieron, sus pupilas se dilataron y empezó a oír la música que estaban poniendo en el local, la música que antes no oía. Una mujer caminaba en la acera del frente, le pareció hermosa, sus carnes se estremecieron. Para las diez de la mañana, era él quien servía las rondas. Estaba feliz. Por primera vez borracho.


Papá, papá, dicen en el pueblo que el viejo hijueputa ese lleva todo el fin de semana bebiendo. Que ha bailado parejo en la plaza y que mandó a dormir a Álex y a Caliche, que fueron los que le dieron aguardiente. Dicen que les ha tocado la nalga a tres viejas, que entró a la iglesia en un caballo y sin camisa, bendiciendo a todo el mundo, diciendo que era el papa, el papacito. Dicen que se enloqueció ese viejo papá, se en – lo – que – ció. Ahora sí la tengo clara papá, a ese viejo no lo matamos nosotros. Se mata él solo. Póngale ojo.


El viejo Libo no tuvo tiempo ni de pensar en porqué nunca se le había ocurrido probar antes el aguardiente. No tuvo tiempo de pensar en los dieciséis años que había pasado en su mecedora pensando en la vieja Carmen. Empezó a beber y fue como si en cada día recuperara un año. El trago aparecía en su casa, sin que él supiera como, por cajas. En la mañana le ponían una caja de medias de aguardiente y en la noche aparecía otra. Y él bebía.


Me salió más caro que pegarle un tiro, papá. Me salió como a lo mismo que comprarle la puta casa, pero el viejo hijueputa ese por fin se murió, papá. Yo la verdad pensaba que el viejo no duraba más de dos o tres días a ese ritmo, pero el muy hijueputa fue capaz de beberse la casa.


Se puso todo morado el viejo Libo. Su cara hinchada era como una berenjena madura, brillante, gorda y sonriente. Su cuerpo se movía suavemente al vaivén de la silla mecedora a pesar de que llevaba seis o siete horas de muerto. Dicen que la silla siguió meciéndose sin cuerpo durante días como fiel a la rutina que el viejo le había impuesto desde que la compró en una tienda de Lorica, ocho días después de enterrar a su esposa en el en el solar de su casa. En la mano derecha el muerto tenía un radio Sanyo pequeño de sonido ronco y arenoso en el que se oía la voz de Alfredo Gutiérrez. En la mano izquierda, una copa con un trago caliente de aguardiente. Un trago que se quedó servido, porque Libardo se murió, muy a su pesar, antes de tomárselo.



viernes, febrero 04, 2011

Sven, tercera entrega

La Ciudad Anaranjada

Los pocos días en que podía dormir, Scott Arango tenía pesadillas terribles y mucho miedo de abrir los ojos y encontrarse de nuevo en Irak. A pesar de haber sido dado de baja hacía tres años, sentía que nunca había dejado el desierto, o al menos que el desierto nunca lo había dejado a él. De hecho, en ocasiones encontraba arena en su zapato y escorpiones entre sus sábanas. Se había enlistado creyendo que si había logrado superar la Compton High School con un par de peleas ganadas por knock out -una de ellas contra Brandon López, un chicano del que se decía había acuchillado a un profesor en su anterior High School- podía con un montón de árabes con turbantes. Además las oportunidades de trabajo en Compton, California, no eran demasiadas. El primer empleador de su ciudad era la entidad que más odiaba: La corte superior de Los Ángeles. No veía cómo iba a trabajar para la corte y a la vez visitarla cada cierta cantidad de meses por manejar borracho o golpear alguna muchacha. De hecho, al momento de enlistarse, ya tenía un historial bastante decente de ofensas y crímenes menores. Eso, obviamente, no fue obstáculo para ser parte del U.S Army.

El primer día en Irak se dio cuenta de que su actitud de chico malo del High School -o el liceo, como le llaman en las traducciones mexicanas- no le iba a servir de nada. La mirada profunda de los iraquíes, sin importar si eran hombres mujeres o niños, le asustaba muchísimo. Podía ver que lo despreciaban, que él representaba algo que ellos odiaban con todas sus fuerzas y que seguro si lo encontraban solo, lejos de las Humvees o de sus demás compañeros, lo quemarían vivo o lo matarían a pedradas. Después, faltando solo treinta días para la rotación de su compañía, vino la emboscada. Aparece todo en esas noches de pesadillas reales, como diapositivas que le queman la parte de adentro e los párpados: La explosión ensordecedora, la pierna destrozada, gente muriendo a su lado, los iraquíes impávidos, viéndoles desde el balcón de sus casas, como quien mira un documental de National Geographic. El despertar de hospital en que se dio cuenta que su cuerpo no era, ni sería el mismo nunca, porque donde hubo una pierna entera, sana, musculosa, con un vello corto y rubio, ahora no había nada. Lo enviaron a casa, llenó el formulario 21-526: Veterans Application for Compensation Or Pension, y el ejercito de los Estados Unidos le asignó una pensión mensual Mil doscientos treinta dólares.

Terminó en Medellín porque sus padres son Colombianos y porque mil doscientos dólares en Compton le hubieran significado una vida humilde, sin putas y sin marihuana. Además, donde nació la gente lo miraba como un latino lisiado y pobre. En Colombia ese dinero era suficiente y la gente lo miraba como un gringo lisiado, pero con plata. Vivía en una de las piezas colectivas de un Hostal en El Poblado, el Tiger Paw, que le había alquilado el dueño, otro gringo, por Quinientos mil pesos mensuales. La verdad Scott era algo así como un empleado más del Hostal, como decía él mismo: un guía nocturno para ciertos clientes que no estaban interesados en el Turibus y que llegaban por montones a una ciudad en la que por el precio de una Big Mac, te puedes meter un Joint como un puro cubano. Lo único que le pedía Brandon, el dueño del Tiger Paw, era que si el Hostal estaba lleno, se fuera a dormir a otra parte. A Scott no le molestaba. Esos días los pasaba donde las chicas. Hacía diez meses que había perdido la pierna y no se quejaba del rumbo que había tomado su vida. Se dedicaba a emborracharse, drogarse y acostarse con todas las mujeres que podía.

Scott o el Gringomocho, como lo llamaban los pocos colombianos que frecuentaba, se había gastado más dinero del que debía al principio de ese lluvioso mes de Abril. Y, cuando eso le ocurría, tenía que pasar unos cuantos días aburridos, digamos del quince al treinta, comiendo poco, bebiendo poco, drogándose poco y sin mujeres. Eso, si no aparecía un turista interesado en sus servicios. Eran las seis de la tarde y estaba sentado en el hall del Hostal viendo Los Simpsons cuando entró un hombre alto, de unos treinta y cinco años, ojos excesivamente claros y una mandíbula fuerte iluminada con una incipiente barba amarilla. Llevaba un pequeño maletín en la mano izquierda y estaba haciendo el check-in con un español de acento muy marcado, aunque no supiera realmente qué acento. Sabía que no era gringo ni australiano. Mucho menos británico. Parecía más un vikingo, le recordaba una ilustración de un libro del High School, en la que aparecía un grupo de hombres parecidos al que veía, envueltos en pieles de animales, con espadas enormes, antorchas, cascos con cuernos, barbas largas rojas y amarillas, que con miradas dementes, arrasaban un pueblo. Así se imaginaba él su llegada a Irak, como esos salvajes que arrasaban pueblos enteros sin respeto a nada. Sus sueños de destrucción fueron reemplazados por el miedo a sus propios compañeros, dementes por el efecto de la arena en el cerebro, la zozobra de las vigilancias nocturnas, el miedo profundo en los desplazamientos, el saberse liberando a un pueblo que los odiaba más que a los terroristas de los que los liberaban, la necesidad de mujeres y un montón de cosas que hicieron que en cierta forma agradeciera haber perdido la pierna. El sueco pareció terminar el check-in y subió a su habitación. Como era un mes de los duros, cualquier visitante nuevo en el Tiger Paw significaba para Scott la oportunidad de prestar sus excelentes servicios de guía nocturno.

jueves, noviembre 25, 2010

Sven, Segunda Entrega

Al día siguiente se levantó a la siete y cincuenta y dos, porque era día de lavarse el pelo. Entre dormido y despierto, como era usual, fue al baño y se metió en la ducha. El agua caía sobre su cuerpo y él despertaba poco a poco. Martes: pantalón café oscuro, chaqueta café oscuro con parches beige en los codos, camisa y corbata negra. Fue a preparar el café y se sobresaltó al ver que el compartimento para los granos de la EA8260 estaba vacío. Recordaba perfectamente haberlo llenado el día anterior y sabía perfectamente que con una carga su Espresseria podía durar entre tres y cuatro días. Revisó el paquete de café y constató que faltaba un cuarto. De repente recordó: había estado tomando espresso durante varias horas. Se iba a morir.

Entonces decidió que hoy iba a decidir. Ayer se la había pasado divagando, hoy debía tomar decisiones. Lo primero: no volvería al trabajo. Segundo: Los aspectos prácticos de su muerte se los dejaría a los demás. Él se preocuparía por estar vivo. Tercero ¿Qué iba a hacer durante este año? abrió su laptop y entró a la página de Attmars Sparbank para ver cuánto tenía en su cuenta de ahorros: Doscientas cincuenta y ocho mil seiscientas Kronen y cuarenta y cinco öre. Después entró a la página del fondo de inversión en donde había puesto el dinero que obtuvo en la venta de la casa de sus padres y del seguro que le entregaron cuando murieron: Trescientas ochenta mil trescientas Kronen y veinticuatro öre. Tenía en total seicientas treinta y cinco mil novecientas Kronen y sesenta y nueve öre, unos noventa mil dólares. Nada mal para gastarlos “antes de un año”. Descartaba entregar todo el dinero a la caridad y pegarse un tiro. Aunque era la solución más práctica, no creía ser capaz de hacerlo, de lo contrario seguramente lo habría hecho antes. Pensó que lo mejor sería gastarlos en cosas que le gustaran, así que abrió un documento nuevo de Word y puso como título en Helvética:

SAKER JAG GILLAR

A continuación, dejando dos espacios, puso un 1 y un punto y se puso a pensar en las cosas que le gustaban mientras el cursor aparecía y desaparecía llevando el ritmo de los segundos que desperdiciaba pensando. Se dio cuenta de que se le ocurrían mil cosas que No le Gustaban, pero no podía pensar en alguna que sí. No le gustaban los perros. No le gustaba el helado de dieta. No le gustaba que los objetos estuvieran fuera de su sitio. No le gustaba la gente de su trabajo. No le gustaban sus vecinos. No le gustaba su jefe. No le gustaba su ropa. No le gustaba que las personas se dejaran crecer los pelos de la nariz hasta que se vieran asomándose por las fosas. No le gustaba que las mujeres lo rechazaran. Pero, ¿qué le gustaba?. No se le ocurría nada. Decidió que era mejor parar un momento y preparar café. Al tomar la bolsa de la alacena y vaciar los granos en la Espresseria, un olor agradable ascendía por su nariz y le llegaba a todo el cuerpo haciéndole sentir algo agradable. En ese momento se dio cuenta de lo mucho que le gustaba el café. De lo mucho que lo disfrutaba. Puso la EA6280 en funcionamiento y volvió al laptop para anotar:

1. Kaffe

Después puso un número 2 y un punto. Volvió a pensar qué más le gustaba. Y se percató que le faltaba una muy fácil, el sexo. Así que escribió:

2. Kön

Puso un número 3 y a continuación un punto y pensó durante un rato en más cosas que le gustaran. Fue por el café, que ya estaba listo, y comenzó a tomarlo. La mezcla de agua, calor y el fruto tostado del cafeto, se deslizaban por su garganta en pequeñas cantidades marcadas por el ritmo de sus sorbos. El efecto de la cafeína era inmediato: le separaba de la realidad que le agobiaba. Entre las cosas que le gustaban seguro que ninguna superaba lo que una buen taza de café lograba hacerle sentir. Se tomó cinco minutos para terminar el espresso y al volver al archivo de Word borró el punto, el 3 y guardó el archivo en el escritorio con el nombre SAKER JAG GILLAR.doc . Pensó que con noventa mil dólares podía tomar mucho café en un país tercermundista y en cuanto al Kön, podía tenerlo también por dinero en cualquier parte del mundo. Decidió que iba a dejar a Estocolmo porque Estocolmo lo había dejado hacía mucho a él. Lamentó que sólo la visión cercana de la muerte le hubiera podido despertar así, que sólo así pudo soltarse las correas de una ciudad que no le gustaba. Descubrió que había sufrido del Síndrome y se había enamorado de su ciudad captora.

Con el frío punzante de enero como su único acompañante, Sven Lindhom está parado frente al aeropuerto de Arlanda y mira por última vez a Estocolmo. Son las cinco y cincuenta de la tarde. Tiene un tiquete aéreo en el bolsillo del abrigo y un maletín pequeño agarrado fuerte con su mano izquierda. El destino del tiquete en el bolsillo de Sven es, con escalas en Ámsterdam donde esperará dos horas, y en Ciudad de Panamá, donde esperará cinco, una ciudad empotrada entre un grupo de montañas. Su hora de llegada a Medellín: quince y cuarenta y cuatro del día siguiente.