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Yo trotaba en Cúcuta

Hoy, Cúcuta es como un viejo solitario y sin pensión. Es gris, y no es el sol, ni son las nubes. Son los pisos sucios, son los rostros de las personas desesperadas, son las edificaciones viejas. Se nota a la vista que hay dolor, tristeza y hambre. Fuimos a buscar una arepa venezolana, que aquí llaman tostada. Le preguntamos al recepcionista del hotel y nos dijo que por la Avenida Cero –curioso nombre, como si al fundar la ciudad la uno les hubiera quedado mal puesta–, a doce cuadras, podíamos encontrar las arepas de La Señora María. Eran cerca de las siete de la noche y la ciudad se volteaba hacia adentro, los carros atascados en filas largas, se unían en un solo bocinazo molesto, agudo, insidioso. Es increíble el uso del pito en Cúcuta. Todos, absolutamente todos, motos, carros, buses, taxis, pitan. Como queriendo despertar la capital de Norte de Santander del letargo económico que trajeron los malos días del vecino. Una protesta en tono de claxon.

    Seguimos caminando por La …

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