domingo, diciembre 27, 2009

Comandante Lagarto

Departamento de Inteligencia del País Vecino. Apartes de las conversaciones grabadas en el despacho del Señor Ministro de la Social República Bolivariana. Alta Confidencialidad.

Octubre 9 de 2010.

Primera Cocinera Bolivariana: Me presento en su despacho sin previa cita, Señor Ministro, a ofrecerle cierta información que podría considerarse clasificada, teniendo en cuenta que va en contra de lo estipulado en el social decreto constitucional 009-3-434 de 2002, que prohíbe a todos los ciudadanos Bolivarianos opinar, tratar tangencialmente en una conversación de esquina, aseverar acerca de, hacer juicios, contemplar, especular, teorizar, o cualquier otro estado de generación de opinión, sobre la situación anímica o mental de El Señor Comandante. Sin embargo, dadas las extrañas condiciones del caso, me arriesgo, como Primera Cocinera Bolivariana, a acercarme a usted directamente a informarle lo que está pasando.

Cada domingo, después de recibir sus periódicos, El Señor Comandante me hace las preguntas más extrañas. La primera vez, esto sería hace unos dos meses, me dijo: ¿Maruja, le parece que tengo los ojos como los de un lagarto?. A lo que yo, con sinceridad, le respondí que no, que si son algo apagados, que tiene bolsas de grasa debajo de cada uno, pero que definitivamente no parecen de lagarto. El miró el periódico otra vez, lo arrugó como arrugando un tratado de paz con el país vecino y se quedó entre rabioso y deprimido todo el día. Con decirle, Señor Ministro, que ese día El Señor Comandante sólo desayunó un par de arepas reina pepiada (http://micocinalibre.blogspot.com/2008/07/arepa-reina-pepiada.html) con dos tazas de su social chocolate suizo, cuando usted sabe muy bien, que la dieta Bolivariana del Señor Comandante incluye varios tipos de quesos y jamones traídos especialmente de la amiga república de las Malvinas, un vaso de jugo de naranja de la región de Yaracuy, tres o cuatro huevos de gallina finlandesa y como no, su debilidad culinaria mejor escondida por el equipo de inteligencia y el decreto 009-2-342 de 2004, un McMuffin caliente. No se, señor ministro, si se deba a una crisis temporal, no se si las protestas de los estudiantes o las relaciones con el país vecino lo tengan así, pero durante esos días, el precio del crudo subió 10 US y atraparon dos personas que iban a atentar contra él usando torpemente un micrófono envenado, ignorando que al Señor Comandante le catan todos sus micrófonos antes de cualquier alocución, lo que me hace pensar que es algo más profundo.

El siguiente domingo, después de recibir sus periódicos, me mandó a llamar nuevamente y me preguntó: ¿Maruja, le parece que mis dientes tienden a parecer afilados como los de un lagarto? A lo que yo, con sinceridad, le respondí que no, que eran amarillos como el maíz bolivariano, delgados y largos, que en ocasiones mostraba más los de abajo que los de arriba, dándole esto un aspecto algo grotesco, pero que definitivamente no eran como los de un lagarto. Él de nuevo arrugó el periódico, y no salió de su cama durante todo el día. Así, señor ministro, se ha repetido esto cada ocho días, todos los domingos después de leer sus periódicos, pero lo que me ha traído ante usted, con el riesgo de ser sometida al peso de las consecuencias contempladas bajo el social decreto 009-3-434 de 2002, ha sido lo que pasó ayer. Al llegar su paquete de periódicos, el Señor Comandante me mandó a llamar y me preguntó: ¿Maruja, le parece que mi nariz se parece a la de un lagarto? A lo que yo, con sinceridad, le respondí que no, que era particular, por lo ancho de sus fosas nasales, por lo poco que se separa de su rostro y por el desnivel que tiene vista desde el costado y agregué, para animarlo un poco, que todos los grandes hombres tienen rasgos particulares que los definen, como el bigote de Hitler, la Calva de Mussolini o el poncho de Tirofijo. Sin embargo creo que él no oyó todo lo que le dije, porque en la mitad de mi discurso, arrugó el periódico, lo tiró a un lado, esta vez no con furia, sino como presa de la más profunda depresión, y se volteó con la cabeza hacia su almohada, como una quinceañera a la que le rompieran el bolivariano corazón y comenzó a llorar suave, casi imperceptiblemente.

Octubre 11 de 2010

Ministro: Camarada Primera Masajista Bolivariana, le he llamado a mi despacho con la mayor urgencia para cuestionarle sobre ciertas informaciones que han llegado a mis oídos y que tienen que ver con el estado anímico y mental de El Señor Comandante, que como usted y todos los habitantes de la República Bolivariana saben, es incuestionable de acuerdo al decreto 009-3-434 de 2002. Según varios de sus colaboradores más cercanos, hay algo que le ocurre cada Domingo y que le afecta el apetito al momento del desayuno. No es que el Estado Mayor Bolivariano se encuentre preocupado, el estado Mental de El Señor Comandante , como dije anteriormente, es incuestionable, pero sí quisiera confirmar lo que me han dicho y saber, de primera mano, si esta depresión se manifiesta solamente en su apetito culinario, o si otros apetitos se han visto afectados.

Primera Masajista Bolivariana: Señor Ministro, a pesar de que también hay un social decreto que me impide hablar con alguien sobre la vida íntima de El Señor Comandante, debo, como Primera Masajista Bolivariana cumplir mi deber y decirle que llevo casi dos meses sin ser llamada a las sábanas. No se que pueda ocurrirle a El Señor Comandante, pero durante estos dos meses parece que se ha afectado su social apetito sexual, que en otras épocas fuera imposible de satisfacer.

Octubre 12 de 2010

Camarada Primer Psicólogo Bolivariano: La situación, Señor ministro, es realmente preocupante. Tal y como usted me lo ordenara, he visitado a El Señor Comandante el día de ayer para evaluar su estado ante la lectura de sus periódicos dominicales. Mis conclusiones son de la mayor confidencialidad ya que tienen que ver con la salud mental de El Señor Comandante protegida por el social decreto conocido por todos. Al parecer, enemigos del régimen han podido filtrarse en terrenos donde los tanques de guerra son completamente inútiles. Donde los aviones, lanzacohetes y submarinos del ejercito bolivariano no tienen acceso y donde ni el más avezado de los francotiradores puede poner su bala. El ataque del país vecino es ahora directo y despiadado a la psiquis de nuestro Amadísimo Señor Comandante Bolivariano. Aun desconozco los medios, pero todo lo que le han comunicado sobre estado anímico y mental de nuestro líder es cierto. El mismismo Señor Comandante me dijo que se sentía debilitado, que no quería ser visto en público y me preguntó que si yo pensaba que su piel era parecida a la de un lagarto. Mi opinión es que la piel del comandante es como el cuero de un cocodrilo, pero me abstuve de responder a la pregunta y simplemente negué con la cabeza. El Señor Comandante me dijo que sabía que le mentía y se dirigió a su cama, se acostó de lado, con la cara sobre la almohada y comenzó a llorar desconsoladamente. Es un típico caso, señor ministro, de depresión profunda, y si no hayamos la causa, el equilibrio del régimen está en peligro.

18 de Octubre 2010

Comunicado de inteligencia de El País Vecino, orden de bombardeo propagandístico sobre los cielos de la república Bolivariana.

El día 20 de Octubre de 2010, se concluye la misión Comandante Lagarto, que viniera llevándose a cabo desde los comienzos del mes de Agosto del presente año, en el marco del conflicto silencioso con la República Bolivariana. Se ordena a todos los aviones Súper Tucano y Kfir modelos posteriores al año 1955, que bombardeen el territorio bolivariano con panfletos que les serán entregados en reunión ultra secreta en la base de la fuerza aérea. El contenido de dichos panfletos significará, con toda seguridad, el fin del mandato de El Señor Comandante Bolivariano, el Comandante Lagarto.

21 de Octubre 2010

Tomado del periódico El Mirador, El país vecino.

El día de ayer, en horas de la tarde, el ejercito del país vecino dio por concluida la misión Comandante Lagarto, que viniera llevándose a cabo durante dos largos meses y que concluyó con la inducción a la locura del El Señor Comandante de la República Bolivariana. A las 14:30 horas se salieron de bases aéreas de nuestro país 5 aeronaves cargadas con panfletos, que según información de inteligencia, contenían una caricatura del Comandante Bolivariano con rasgos muy parecidos a los de un lagarto. Estas mismas caricaturas se habían comenzado a filtrar por medio de este periódico en la edición dominical durante los dos meses que llevaba la misión con en un ataque psíquico sin precedentes en la historia militar. La información indica que El Señor Comandante tenía una aversión profunda por los lagartos, al parecer debido a que uno de esos animales se le comiera un álbum en donde el pequeño comandantito guardaba recortes de imágenes de Revolucionarios y próceres latinoamericanos. Al parecer, el lagarto murió indigestado y El Señor Comandante concluyó que ese animal era enemigo de las revoluciones. De ahí que su primer decreto al llegar al poder fuera eliminar todos los lagartos de los ríos de la República Bolivariana. A partir de hoy las relaciones entre los dos países vuelven a la normalidad y a la bandera de la República Bolivariana, ahora sólo la República, se le adicionó la ilustración de un cocodrilo.


jueves, julio 02, 2009

CIRCULAR

A mi en los buses me ha pasado de todo. Me he llegado a enamorar en una Santra Belén. Me han tocado la nalga muchas veces en los Circulares Sur. Me he ido conversando toda una Avenida del Poblado con el chofer sobre política. Me encontré un Garavito todo pisoteado una vez. He vomitado en un bus para Támesis, botado la bolsita negra por la ventana y la bolsita estallado. Me han tocado tipos en los buses de Guayabal que me ponen los sobacos, que son como mil quesitos rancios, en la cara. Me ha tocado accidentarme en un bus de Caldas por la Autopista, de esos que son como colibríes, que uno siente que está corriendo peligro pero a la vez siente que entre más rápido llegue a la casa mejor y que vale la pena el riesgo. Me ha tocado que el chofer de un bus de Bello se desvíe porque hay taco y me deje a 10 cuadras de pa donde iba. Me he quedado dormida en buses de San Lucas hasta el final del trayecto, han parqueado el bus y lo han cerrado y me ha tocado llamar al 123 para que me abran la puerta. Me he sacado chichones en la cabeza en saltos de una Ruta Hotelera. Hasta me sé el chiste del pastuso que vio el bus que decía Medellín Bello y llegó a Pasto a comprar un bus para ponerle Pasto Hermoso. Como le digo, a mi me ha pasado es de todo, pero nunca algo como lo que me pasó ese día.

Iba yo en el Circular del trabajo para la casa. En esa época yo trabajaba en Campos de Paz. Si mijo, en el cementerio mismo. Yo nunca le he tenido agüero a nada sinceramente. El trabajo era muy bien pagado pa lo bobo que era. Yo era básicamente un relleno de velorio. Mejor dicho, me tocaba estar pendiente de las salas de velación VIP, que pagaban un extra por el servicio, y meterme en las que estuvieran más vacías. Trataba de llorar un poco, gemía, me tomaba dos o tres tintos, hacía de cuenta que el muerto era mío y esperaba a que la gente fuera llegando. Cuando se llenaba la sala, me iba para otra, porque eso sí, nada más triste que una sala de velación vacía. Realmente creo que fue uno de los trabajos en los que yo más buena he sido. Es que míreme la cara, mire como parece que me doliera algo siempre, como la boca siempre me queda torcida y los ojos entrecerrados. No crea que es que yo pongo la boca así de gusto miquerido, es que yo soy así desde chiquita y aunque mi mamá si me trató de corregir eso y me pegaba y todo para que pusiera una cara normal, mi cara seguía así. Por eso fue tan fácil que me descubriera un caza talentos de la Funeraria. Me vio y me dijo que yo era natural para la cosa y más se demoró él en explicarme, que yo en estar llorando, gimiendo e inventándome historias de de dónde había conocido yo el difunto. De ese trabajo también le podría contar muchas historias, pero ahorita no hay tiempo sino para contrale la del bus.

Ese día salí tarde del cementerio y me acuerdo que me tocó esperar como 5 minutos a que pasara el Circular. Usted sabe que eso es mucho tiempo para un Circular. Yo, que casi siempre andaba sin reloj, calculo que era después de las 9pm. La noche no era ni muy fría ni muy caliente, una típica noche de la Ciudad Anaranjada. El bus que pasa por fin y yo que lo paro y voy a pagar los 800 del pasaje con una moneda de mil. Pero el busero me dice que no, que mire, y me señala un letrero en el parabrisas del bus que dice “NO SE ASEPTAN MONEDAS DE 1000” entonces yo encantadísima me siento en la banca de adelante a buscar la menuda. Me tocó escarbar en la cartera hasta encontrar la suma entre labiales, pestañinas, llaves de la casa y demás abalorios que mantiene siempre una en el bolso. No fue sino hasta que pagué, que me di cuenta que estaba sentada al lado de un muchacho muy mal encarado, con un tatuaje en la mano de una cruz al revés, que me dicen, es un signo del diablo. Tenía una camisa negra con un perro roduailer dibujado y bluyines rotos. Virgen santa mijo, no se imagina la pinta de ese muchacho. Yo lo más de asustada, me quedé ahí sentada porque el bus estaba más bien lleno y yo pensaba que era cosa mía eso de verle al muchacho como la cara de ratero. Pero fue que ese bus arrancó y yo veía que ese muchacho me miraba la cartera, la miraba y la miraba. El bus paraba y el muchacho miraba y miraba la cartera. Ahí si me puse fue mosca porque esos muchachos son capaces de robarla a una sin que una se de cuenta. Pasamos Belén y no veía yo la hora de hacer traslado en el ÉXITO de Laureles. Cuando llegamos, me bajé y traté de escapármele al muy verriondito, pasándole rápido por el frente y montándome en el otro bus rápido para coger puesto al lado de otra mujer o de un señor de bigote, que los señores de bigote son casi siempre papás y buena gente, pero fue exactamente cuando me le pasé por el frente que me descuidé y el muy desgraciado metió esas garras de ratero en la cartera y me sacó la billetera. Segura. Estaba segura de que el muy desgraciado me había robado. Pero yo nunca he sido boba. La cosa no se iba a quedar así. Cuando hicimos el traslado, fui yo la que me le pegué a ese verraco. Me le senté al lado y metí la mano al bolso a ver si estaba la billetera, pero no la sentí. Lo que si sentí fue un cortaúñas que yo siempre mantengo en la cartera y que tiene un arranca callos grandecito y se me ocurrió la manera de recuperar la ijueperra billetera. Saqué la cuchillita y se la puse disimuladamente al muchacho en las costillas y pasito, bien pasito pa que nadie se diera cuenta, le dije, sacando todo lo que sabía de vocabulario amenazante: “No sabés con quién te metés malparido, la billetera, metela otra vez en el bolso hijueputa o te corto”. El pelao puso una cara de susto tremenda. Se puso pálido pálido. Seguro nunca se imaginó que lo fueran a pillar y menos yo, que parezco como tan mosquitamuerta, pero chiquita y todo y le saqué cuchilla. El pelao metió algo al bolso y yo lo despaché: “andate, perro” y se bajó ahí mismo. No te imaginás la felicidad mía. Yo si soy muy verraca, me decía, con un cortaúñas hacer que me devuelva la billetera, eavemaría, pura calle, yo si soy pura calle, pensaba orgullosa. Pero cuando llegué a la casa y fui a comprar unas cositas para la comida, me di cuenta que no me habían robado la billetera. Que no me habían atracado. Que si alguien era una ratera, la ratera era yo que tenía mi billetera y la de ese pobre muchacho en el bolso.

martes, mayo 05, 2009

LA GUACA -Parte II-


Qué pena con vos no haberte ofrecido nada mi querida, ¿te tomás un tintico, una aromática, un juguito de mora? ¿Con azúcar? Listo mija, ya te traigo pues la agüita de apio, le puse dos de azúcar, ¿así está bien? ¿En qué iba? Ah sí, el maldingo espanto.

Resulta mija que al otro día me fui a comprar lo del diario a la tienda de la esquina, porque hasta tienda en la esquina tenía esa casa, tienda de la esquina donde me fiaban, porque vos sabés que uno con el marido jubilado tiene que conseguir quién le fíe porque esas pensiones llegan muy corticas y generalmente las tiene uno ya comprometidas para pagar un club en Flamingo o para un arreglo del carro. Cuando estaba pues preguntando por una cebolla roja y quitándole toda la tierra para que no me pesara más de la cuenta, entra una señora a la tienda y yo por casualidad me doy cuenta que ella pide lo mismo que yo estoy llevando, tomate, cebolla, plátano, arroz, frijoles, y me da por ponerle conversa y le digo que si en la casa de ella también hacían frijoles los martes, y no los sábados como en casi todas partes, y ellas que sí, que en la casa de ella se hacían también los martes y que que risa y que que tan querida que cuando vas a venir a tomarte un tinto a mi casa. Y voy yo diciendo MI CASA y a ésta que se le descompensa esa cara como si se hubiera comido una cucharada de bicarbonato. No mija, mejor vamos para mi casa, me respondió, ya tragándose del todo lo que sea que le haya hecho poner esa cara tan horrible, que me da pena yo tan conchuda, y yo que no que tranquila, y ella que no, no, gracias, que vení y hacemos el almuerzo juntas mientras vemos padres e hijos. Y yo que listo pues mi querida, como vos querás. Cómo es que en el almuerzo, hablando de esto y de lo otro, ésta me cuenta que dizque a ella le daba miedo la casa mía porque allá se había muerto una muchacha hacía rato y una vez un taxista fue dizque a llevarle una chaqueta que se le había quedado a la muchacha en el carro de él la noche anterior. Y era que la mamá de ella miraba al taxista como diciendo éste malparido, y el taxista serio, y la mamá por fin le creyó y se puso a llorar mientras le decía que la hija de ella se había muerto hacía rato. Que la viejita y el viejito eran los que nos habían alquilado la casa y que ese espanto estaba porai cerquita. Después seguimos hablando de los viejitos que dizque tenían mucha plata, pero desde que se murió la muchacha, no habían vuelto a gastar ni un peso, que parecía como si la pelada se hubiera llevado la fortuna de ese par. Como a la una y media, mas bien asustada, no te miento, me fui a llevarle los frijoles a Juaco y le conté todo el cuento, pero él no me paró bolas porque se puso a comer mientras veía un partido de repetición de la copa libertadores.

Juaco es de los que se duerme y no hay poder humano que logre despertarlo. Ese se acuesta a hacer siesta y te cuento que yo puedo invitar a la banda de guerra del ejército a tocarse el himno antioqueño ahí en la pieza y el verriondo de Juaco seguiría ahí dormido con la baba seca en el cachete. Porque también es baboso el Joaquín, bien baboso, aunque mirá algo curioso, sólo se babea en la siesta, de noche duerme impecable, como muerto. Y como muerto estaba el primer día que comencé a sentir la presencia sobrenatural. Fue una noche de Abril. Estaba lloviendo a cántaros y el viento hacía que los árboles se movieran con fuerza. Y eso era que sonaba el árbol bamboliandose de lado a lado y el truenero, y el viento en las celosías que silbaba agudo. Todos esos ruidos juntos y yo no pegaba el ojo, mientras el muy plasta de Juaco hasta roncaba. Fue esa misma noche, justo después del aguacero, que se manifestó por primera vez con unos ruidos que el que sepa alguna cosita de espantos, ahí mismo identifica: Ruido como de metales, como de cadenas arrastradas, voces, quejidos, de lo más miedoso que miatocado pues. Esa primera noche me la pasé toditica en vela, aunque los ruidos se terminaron como a los 15 minutos, justo cuando logré despertar al plasta de Juaco, que obviamente me regañó porque eso nueran sinó inventos míos, sugestión, por mantenerme viendo ese canal de porquerías y leyendo Agatha Christie y Edgar Allan Peo, así le dice el muy ignorante. Juaco se volvió a dormir ahí mismito, pero yo no pude pegar el ojo con ese susto tan terrible que tenía. Me alcancé a preguntar y todo si sí era verdad todo eso que oí, pero estaba tan segura, tan segura de que eso era sobrenatural, que ni riesgos mija que yo me dormía pa que me jalaran las patas o pa amanecer con el pelo lleno de trenzas, que quién me aseguraba a mí que era el espanto de esa pobre muchacha y no una bruja, o que la misma muchacha no fuera también bruja y que a falta de caballos me cogiera a mí a enredarme el pelo con la lidia que me da a mi tenerlo así organizaíto.

Eso fue un Viernes. El sábado vuelve y juega, los ruidos, los platos, las voces, y Juaco dormido y yo sin pegar el ojo. Pero el Domingo, el Domingo si fue que pasó lo que tenía que pasar. Eran como las 6:30pm y Juaco estaba como siempre sentado al frente del TV viendo fútbol cuando se fue la luz. Ese pobre quedó aburrido como una ostra, no se hallaba, tanto fue el desespero que me fue a buscar conversa, que qué más, que qué contaba, y yo no Juaco, llevo como 3 días sin dormir por esos ruidos tan miedosos, y le conté otra vez la historia de la muchacha y apenas terminé, se comienzan a oír otra vez los ruidos esos. Ay virgen María sí que me dio susto a mí eso. Las otras veces estábamos en el segundo piso y no se oía tanto, pero esta vez estábamos abajo y ahí sí que se oía todo patentico patentico. Ruidos de metales como cadenas arrastradas, platos, voces, y yo que me persigno y le digo a Juaco que oiga mijo, oiga y dígame si es que eso no es muy miedoso, y Juaco ya medio azarado me dice que eso tiene cara de entierro, eso tiene cara de Guaca, que seguro esa muchacha nos quiere mostrar algo y sale dizque buscando a ver de dónde vienen los ruidos. Yo obviamente iba pegada de él porque ni modo quedarme sola y aunque tenía una taquicardia terrible del susto, también tenía curiosidad, porque si sí era una guaca como decía Juaco, ahí sí olvídese de la mandinga pensión, los clubes de Flamingo y el crédito en la tienda de la esquina. Después de dar varias vueltas por la casa, nos dimos cuenta de que los ruidos venían de debajo de la escalera, precisamente la escalera, que tenía una pared en madera y donde había espacio suficiente para mucho oro y muchas joyas. Fuimos por el martillo y Juaco empezó a levantar tablas y yo a rezar el rosario, cuando destruyó un buen pedazo de la primera tabla me dijo que veía una lucecita, que iba a ver si hacía un hueco para meter la mano y yo santa maría madre de Dios… y él que ya me cabe el brazo, voy a ver qué encuentro y lo mete y me dice que cogió algo frío, metálico, como una jarra… y la saca… y no es de oro como nosotros creíamos sino de aluminio y está llena de chocolate. Y Juaco que vuelve a meter la mano y alguna presencia sobrenatural se la coge mi querida, se la agarra duro y él no acata a decir sinó: ¿en nombre de Dios quién eres? y él que pregunta y abajo que responden, quién más va a ser malparido, el vecino ratero hijueputa.

Ahora vivimos aquí en pedregal y no está mal, pero esa casita de Prado mi querida si fue el mejor vividero por el que hemos pasado Juaco y yo.

sábado, marzo 07, 2009

La Guaca -Parte I-

Sinceramente te digo mija, yo si estaba era muy contenta viviendo allá. Pero a veces pasan cosas. Cosas que se le salen a una de las manos, cosas raras y misteriosas que una no puede entender. Cosas que hicieron que nos tuvieramos que ir de un lugar en el que nos hubiera gustado quedarnos. ¿Cómo no iba yo a estar contenta en una casa grande y bien iluminada? ¿Cómo va a ser una tan malagradecida y no querer vivir en Prado que siempre ha sido un barrio como de tanta historia, de tanto caché? Ay mi querida, es que la casita de Prado fue, sin duda, el mejor vividero por el que hemos pasado Juaco y yo. Y no creás que es que yo no se de vivideros, porque si de algo se yo es de casas. Yo he vivido de arrimada, alquilada y dueña. He vivido en edificios de diez pisos, piezas en el centro y casas de Laureles. Viví en Calazans, Robledo, Castilla, el Popular y hasta en el Poblado. Yo sí que conozco mi querida. Una a ésta edad ya ha pasado por casi todas, y aun así te digo sin exagerar, que la casita de Prado fue la mejor de todas,la mejor.

Vivíamos de lo más sabroso si vieras. Vos sabés que ya los hijos míos se casaron y se fueron de la casa. Éramos solo Juaco, viendo futbol todo el día, y yo haciendo oficio, leyendo novelas de misterio y viendo un canal de la parabólica que me gustaba mucho a mí, que se llama infinito. Ojalá y le hubiera hecho yo caso a Juaco y hubiera dejado de ver esas bobadas de ese canal, porque hasta de pronto, como dice él, todo lo que pasó pasó por esa fascinación mía por las cosas ocultas, sobrenaturales, los ovnis y los espantos. Yo sólo le decía que me dejara en paz y más bien se fuera a seguir viendo futbol. Y es que Juaco es excelente para ver fútbol. Cuando te diga mi querida, que ese hombre se debía haber dedicado a eso siempre. Que verriondo para ver bien futbol, si lo vieras sentado, completamente cómodo, tomando tintico, tomando cerveza, concentrado, con la mirada fija en esa pantalla, analizando, comentando, señalando, con una propiedad que no se le veía nunca en nada. Y más ahora que está jubilado. Ahora que tiene tiempo para ver tanto futbol se ha vuelto mucho mejor, porque puede practicar 8 o 10 horas diarias. A los amigos les encanta ver futbol con él porque dicen que hace los comentarios más precisos y los mejores análisis. El pobre Juaco es uno de esos de malas que salen buenos pa cosas con las que no se consiguen plata, como los expertos para jugar trompo o los que saben hacer un pitico doblando una hoja de laurel (del de Laureles no del de la comida) y tocar canciones.

Mientras Juaco veía futbol, yo hacía oficio y me colocaba a ver televisión en un televisor chiquito que tenemos en la cocina. Una belleza esa cocina mija. Eavemaría. El sueño de cualquier señora. Grande, espaciosa, iluminada. Tenía un poyo gigante. Cuando te digo gigante no es por exagerar mija, cuando te diga que prácticamente uno podía descuartizar una vaca entera en ese poyo tan grande. A veces, cuando me ponía a ver el canal de la parabólica que te conté ahora, Infinito, me acuerdo que ese poyo se me parecía a las mesas embaldosadas donde hacen las disecciones de los extraterrestres que agarran tan seguido en Estados Unidos. Quién quita que con los años que tiene esta casa, no hubieran hasta destajao un cristiano en ese poyote.

Solamente una vez invitamos gente a la casa. Juaco hizo dizque la inauguración de la casa con los hermanos del y me dijo que más adelante la hacíamos con la familia mía. A mi, atender a los conchudos de los hermanos de Juaco, no es que me matara, pero para qué uno una casa tan grande, bonita y en un barrio de tanto caché si no se la puede chicaniar a nadie, ¿no? Y fue que esa noche me la pasé dándoles comida a esas dragas, porque que verriondos para tragar por Dios. ¡Y gotereros! Más gotereros que un costalao de quesitos querida. Eran como 10, entre esposas y sobrinos y se me aparecieron dizque con una media de güaro. El colmo ¿no cierto? En todo caso, ese día yo pasé hasta bueno mostrándoles la casa aunque fuera a esos ordinarios que ni de casas buenas o barrios cachés sabrán. Es que en Prado han nacido y morido, que digo, muerto, hasta ex presidentes mi querida.

Todo iba muy bien, hasta lo del espanto.

viernes, febrero 13, 2009

Debate Ocioso



El ocioso verdadero, un asiduo lector de éste blog que cuenta con el elegante título de Jubilado del Hospital la María, corresponsal desde Lisboa, nos envía esta pregunta para darle mordisco y saboreo. Si hay alguna opinión, sería muy ocioso escribirla para que todos la conozcamos. Igualmente, si tienen preguntas ociosas, bienvenidas.

Saludos Tomas:
Excepto unos pocos; como por ejemplo, Cien Años de Soledad, en la novela los protagonistas no tienen hijos, no se a que se debe la falta de fertilidad, o la poca libidinidad, o sera que le queda poco tiempo para para ESO y se lo gaston todo en resolver la trama.
Usted como escritor deberia tener una respuesta.


domingo, enero 18, 2009

Mi hermanito

Para Rici

En esa época, mi hermano estaba en lo mas alto de su carrera de niño gracioso. Todos los sábados, cuando íbamos donde la abuelita, prácticamente le arrancaban los cachetes de pellizcárselos mientras le decían que como está de lindo éste culicagao, que ¿quién es el más lindo, el más hermoso, Santiaguito, no cierto? Le quedaban rojos rojos los cachetes entre pellizco y beso pintoreteado. En cambio a mí a duras penas me miraban. Y no sólo las tías, también las primas. Pero lo que más me dolía era que Carolina, la hija de 18 del vecino, lo adoraba. Él era el bonito, y yo un garfio.

A mí la adolescencia me llegó temprano. La sombrita, que parecida a una mancha de carbón, se exhibía debajo de mi nariz, el pelo grasoso, la voz entrecortada por agudos destemplados, los granos purulentos en todo el cuerpo. Un cuerpo nada agradable de por si, alto, encorvado e incontrolable, que me hacía tumbar porcelanas finísimas, regar la jarra de la leche durante el almuerzo, tropezar contra mis tías de 80 años -para quienes un golpe de esos podría ser el pasaje directo a Campos de Paz- y todo eso a los 11 años. Para acabar de ajustar, todos se daban cuenta de mi desagradable estado, de mi deforme cuerpo adolescente, menos mi mamá para quién siempre fui y seré su niño hermoso. Y era que incluso así, grande como estaba, ella seguía comprándome todo en el departamento de niños de EL ÉXITO. Camisetas talla S con dibujos infantiles, pantaloncitos cortos ridículos, o largos que me quedaban marraneros. Lo único que me compraba grande eran los zapatos “pa que le duren mijo”, completando así una imagen tipo frankestein que hacía que, con razón, ninguna de mis tías , vecinas o primas me volteara a ver.

Mi hermanito en cambio, tenía 9 y parecía un muñeco. De ojos grandes, cachetón, un poco regordete, el pelo peinadito de lado siempre ordenado: ternura pura. Además, era su turno de ser el niño mimado, de ser quien cantaba y recitaba. A mi me había tocado también y de pronto por eso era que me daba envidia. El aún conservaba esa cualidad infantil que hace que todo sea gracioso o bonito. Si era él quien tropezaba con una tía, quien regaba la leche o quebraba la bailarina de porcelana, mis tías no le gritaban histéricas ni le contaban a todos que el mayorcito de Soledad se había vuelto un escuincle torpe. No. Si era él, todos reían y celebraban la hermosura del culicagao. Que ternura Santiaguito como regó la lechita, que belleza como quebró la porcelanita de mil millones de pesos.

Como le dije antes, hacía sólo unos pocos meses era yo quién cantaba y recitaba. A quién iban todos los mimos y halagos. Me acuerdo lleno de vergüenza de la última vez que interrumpieron la reunión familiar para que yo, Sebastiancito (y no como me dicen ahora: el mayorcito de Soledad) cantara Mi Cacharrito, de Roberto Carlos. Veinticinco cristianos apretujados en una sala pequeña sólo para oír cantar al niño. Estaban mis primas y primos mayores, las tías, los tíos, Carlos Mario y Victoria, unos vecinos que siempre iban a los días de la madre o del padre, las bodas de oro o cualquier otro evento familiar en el que hubiera trago y comida gratis, el abuelito Alfonso y la abuelita Amalia, todos reunidos para verme. Para mí era ya algo rutinario, cantaba y me aplaudían, que que tan hermoso, que eavemaría pues. Pero esa tarde no iba a ocurrir lo de siempre. Esa tarde de sábado hubo una tragedia que marcó el fin de mi infancia, una tragedia que llegó sin avisar y en el peor momento que podía haber llegado. Abrí la boca y era como si tuviera la voz incompleta, como si hubiera perdido el control de ella, porque aunque varias palabras eran entonadas e infantiles, otras eran desequilibradas y profundas. Como si en mi garganta hubiera alguien más, un vendedor de mazamorra pilada o un reparador de ollas a presión, que reemplazaba palabras que yo creía mías por gritos desentonados que nada tenían que ver con mi rostro aún infantil y tierno. En ese momento todos comenzaron a reír y mis primos mayores comenzaron a hacer kikirikí y a imitar mi desentonada voz. Por primera vez se reían de mi y yo aprendía que era la vergüenza. Me di cuenta que había pasado mi cuarto de hora cuando mi Tío Carlos dijo: “éste ya se nos acabó, traigan el otro”. El otro era el fastidioso de mi hermanito.

Desde ese día nada fue igual con mi Santiaguito. A mi ya no me gustaba nada. No me gustaba mi ropa, ni la decoración infantil de mi cuarto, no me gustaba el colegio, ni Sammy el heladero. Pero lo que menos me gustaba era mi hermanito. Empecé a oir música rock y a pasar horas y horas viendo televisión o jugando Nintendo. Cuando mi hermano me hablaba, lo ignoraba o le decía cualquier bobada para que se fuera. Me causaba repulsión el culicagao y yo estaba muy ocupado tratando de acostumbrarme a los desagradables cambios que se habían tomado mi cuerpo intempestivamente.

Fue en esa época en que empecé a decirle mentiras a Santiago. Me acuerdo que a los dos nos encantaba la Pony Malta, y que si quedaba sólo una en la nevera, a mi me daban cualquier jugo de mora y a mi hermano la Pony Malta. Entonces yo me inventé que la Pony Malta era pipí de pony, y el cagón no volvió a probarla nunca. Me acuerdo que le dije que el Nintendo y el televisor emitían radiaciones XZ 14 que eran muy peligrosas para el cerebro de los menores de 10 años. Que la policía vendría a la casa por él si no me hacía favores. Lo mandaba a San Diego a comprarme Cry Babys o chocolatinas americanas. En realidad fue una buena época para mi, porque hacía lo que quería con el pobre, pero en el fondo, yo creo que le tenía envidia porque a él todo el mundo le paraba bolas.

Un día, después del colegio, me fui con Zapata a un kiosco de revistas de San Diego a comprar una de porno. La adolescencia trajo también una avalancha hormonal que no me dejaba pensar en nada más que en sexo. Zapata me decía que con mi estatura y mi bozo, seguramente el dueño iba a pensar que yo era mayor de 18. Entré en la tienda y comencé a dar vueltas en el 2x2 del kiosko. El dueño, un gordito de bigote, permanecía tras el mostrador como sabiendo por donde iba la cosa, pero sin decirme nada. Finalmente, muy nervioso, le pregunté que si tenía la revista de Selecciones del Readers Digest, y el me dijo que si, que a cuatro mil, ¿se la lleva? Entonces yo le dije que no, que no gracias, y muy apenado, mejor seguí dando vueltas por la tienda, sin atreverme a ir a la parte de atrás, la pequeña zona escondida, el paraíso de los adolescentes de San Diego, donde ponían las revistas para adultos, Playboy, Hustler, Penthouse, Revistas populares entre nosotros los púber pre-internet, las revistas para debajo del colchón. De nuevo saqué fuerzas para hablarle y le pregunté que si tenía Mecánica Popular, y él me dijo que sí, que a 6000 mil, ¿se la empaco? Y yo le dije que no, que no gracias, lo voy a pensar. El señor, ya perdiendo la paciencia, me dijo que dejara de joder la vida, que las de porno estaban atrás y que fuera rápido para que nadie me viera y cogiera la que más me gustara, todas son a 10 mil. Yo, muy abochornado, y dándome cuenta de lo obvia que había sido mi actuación, pasé, cogí la primera Playboy que ví, le entregué la mesada de una semana de Zapata y mía al señor y él me empacó la revista en una bolsa negra y me dijo que mosca, que no le dijera a nadie que había comprado la revista allá.

Ese día me tocaba a mi. Zapata había puesto la mitad de la plata, pero no había sido él quien había tenido que enfrentar al dueño del kiosco con esa sonrisa burletera. El sólo había esperado afuera. La ejecución me valió ser el primero en ver esas mamasitas en bola. Al día siguiente se la entregaría a Zapata y el me la devolvería el que sigue y así hasta que nos cansáramos y se la cambiáramos a algún compañero del colegio por otra. Llegué a mi casa con el paquete escondido bajo la ropa. Estábamos solo Santiago, Doña Ligia y yo. Me encerré en el cuarto, saquee el paquete y miré la revista. Cuando terminé, la empaqué en mi mochila del colegio para entregársela a Zapata al día siguiente.

Por la noche, Santiago me pidió prestado el compás porque tenía una tarea con unos círculos o algo así, y como yo estaba ocupado viendo Supercampeones, le dije que lo sacara de la mochila. El niño salió por él, y no fue sino hasta cuando era demasiado tarde, que me di cuenta de que la había cagado. Salí corriendo tan rápido como pude para evitar que Santiaguito abriera la mochila, pero el cagón ya estaba sentado en mi cama viendo las viejas en bola. ¡Ay mijo, una revista de porno!, me dijo cuando lo vi. Va pa los papás. Y yo que no, que no, que la tenía ahí para botarla mañana, y él que no le creo, que es para ver señoras en pelota. Y yo que no. El cagón estaba creciendo, ya no se creía los cuentos tan fácil. En ese momento, no se porqué, me dio por ser un buen hermano. Le dije que viera la revista. Que si no le parecían muy bonitas esas viejitas. El se reía y no podía dejar de mirar. Le expliqué que a las señoras les pagan para que se empeloten y les toman fotos y venden esas revistas. Le dije que a los hombres nos gustaba ver mujeres en pelota y que aunque no nos dejaran, en el colegio todos los de sexto tenían revistas de porno. Le dije la verdad por primera vez y él me creyó, y me dijo que si yo le prestaba la revista a veces, no le decía nada a la mamá. Ese día mi hermano empezó a dejar de ser un niño y se unía al club de los cuerpos encorvados y llenos de granos.

Pero no fue sino hasta quince días después que él dejó de ser el cagón de la casa. El día en que Carolina, la hija de 18 años de los vecinos llegó furiosa a decir qué mis papás eran unos irresponsables que estaban criando unos depravados asquerosos. Resulta que al excagón de Santiago se le ocurrió ofrecerle la mesada de dos semanas para que le mostrara las tetas. La pela que nos dieron fue inolvidable, pero ese día Santi y yo volvimos a ser amigos y a reírnos del primito de turno al que le tocara cantar Mi Cacharrito de Roberto Carlos.

martes, enero 06, 2009

NUEVA IMAGEN!

Tenemos lo nuevo para el 2009, pase sin compromiso mamor.

1. Nueva imagen con pantalón corto corbata a la moda, sombrero encintado y chupa de boda.
2. Encuestas ociosas
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