CIRCULAR

A mi en los buses me ha pasado de todo. Me he llegado a enamorar en una Santra Belén. Me han tocado la nalga muchas veces en los Circulares Sur. Me he ido conversando toda una Avenida del Poblado con el chofer sobre política. Me encontré un Garavito todo pisoteado una vez. He vomitado en un bus para Támesis, botado la bolsita negra por la ventana y la bolsita estallado. Me han tocado tipos en los buses de Guayabal que me ponen los sobacos, que son como mil quesitos rancios, en la cara. Me ha tocado accidentarme en un bus de Caldas por la Autopista, de esos que son como colibríes, que uno siente que está corriendo peligro pero a la vez siente que entre más rápido llegue a la casa mejor y que vale la pena el riesgo. Me ha tocado que el chofer de un bus de Bello se desvíe porque hay taco y me deje a 10 cuadras de pa donde iba. Me he quedado dormida en buses de San Lucas hasta el final del trayecto, han parqueado el bus y lo han cerrado y me ha tocado llamar al 123 para que me abran la puerta. Me he sacado chichones en la cabeza en saltos de una Ruta Hotelera. Hasta me sé el chiste del pastuso que vio el bus que decía Medellín Bello y llegó a Pasto a comprar un bus para ponerle Pasto Hermoso. Como le digo, a mi me ha pasado es de todo, pero nunca algo como lo que me pasó ese día.

Iba yo en el Circular del trabajo para la casa. En esa época yo trabajaba en Campos de Paz. Si mijo, en el cementerio mismo. Yo nunca le he tenido agüero a nada sinceramente. El trabajo era muy bien pagado pa lo bobo que era. Yo era básicamente un relleno de velorio. Mejor dicho, me tocaba estar pendiente de las salas de velación VIP, que pagaban un extra por el servicio, y meterme en las que estuvieran más vacías. Trataba de llorar un poco, gemía, me tomaba dos o tres tintos, hacía de cuenta que el muerto era mío y esperaba a que la gente fuera llegando. Cuando se llenaba la sala, me iba para otra, porque eso sí, nada más triste que una sala de velación vacía. Realmente creo que fue uno de los trabajos en los que yo más buena he sido. Es que míreme la cara, mire como parece que me doliera algo siempre, como la boca siempre me queda torcida y los ojos entrecerrados. No crea que es que yo pongo la boca así de gusto miquerido, es que yo soy así desde chiquita y aunque mi mamá si me trató de corregir eso y me pegaba y todo para que pusiera una cara normal, mi cara seguía así. Por eso fue tan fácil que me descubriera un caza talentos de la Funeraria. Me vio y me dijo que yo era natural para la cosa y más se demoró él en explicarme, que yo en estar llorando, gimiendo e inventándome historias de de dónde había conocido yo el difunto. De ese trabajo también le podría contar muchas historias, pero ahorita no hay tiempo sino para contrale la del bus.

Ese día salí tarde del cementerio y me acuerdo que me tocó esperar como 5 minutos a que pasara el Circular. Usted sabe que eso es mucho tiempo para un Circular. Yo, que casi siempre andaba sin reloj, calculo que era después de las 9pm. La noche no era ni muy fría ni muy caliente, una típica noche de la Ciudad Anaranjada. El bus que pasa por fin y yo que lo paro y voy a pagar los 800 del pasaje con una moneda de mil. Pero el busero me dice que no, que mire, y me señala un letrero en el parabrisas del bus que dice “NO SE ASEPTAN MONEDAS DE 1000” entonces yo encantadísima me siento en la banca de adelante a buscar la menuda. Me tocó escarbar en la cartera hasta encontrar la suma entre labiales, pestañinas, llaves de la casa y demás abalorios que mantiene siempre una en el bolso. No fue sino hasta que pagué, que me di cuenta que estaba sentada al lado de un muchacho muy mal encarado, con un tatuaje en la mano de una cruz al revés, que me dicen, es un signo del diablo. Tenía una camisa negra con un perro roduailer dibujado y bluyines rotos. Virgen santa mijo, no se imagina la pinta de ese muchacho. Yo lo más de asustada, me quedé ahí sentada porque el bus estaba más bien lleno y yo pensaba que era cosa mía eso de verle al muchacho como la cara de ratero. Pero fue que ese bus arrancó y yo veía que ese muchacho me miraba la cartera, la miraba y la miraba. El bus paraba y el muchacho miraba y miraba la cartera. Ahí si me puse fue mosca porque esos muchachos son capaces de robarla a una sin que una se de cuenta. Pasamos Belén y no veía yo la hora de hacer traslado en el ÉXITO de Laureles. Cuando llegamos, me bajé y traté de escapármele al muy verriondito, pasándole rápido por el frente y montándome en el otro bus rápido para coger puesto al lado de otra mujer o de un señor de bigote, que los señores de bigote son casi siempre papás y buena gente, pero fue exactamente cuando me le pasé por el frente que me descuidé y el muy desgraciado metió esas garras de ratero en la cartera y me sacó la billetera. Segura. Estaba segura de que el muy desgraciado me había robado. Pero yo nunca he sido boba. La cosa no se iba a quedar así. Cuando hicimos el traslado, fui yo la que me le pegué a ese verraco. Me le senté al lado y metí la mano al bolso a ver si estaba la billetera, pero no la sentí. Lo que si sentí fue un cortaúñas que yo siempre mantengo en la cartera y que tiene un arranca callos grandecito y se me ocurrió la manera de recuperar la ijueperra billetera. Saqué la cuchillita y se la puse disimuladamente al muchacho en las costillas y pasito, bien pasito pa que nadie se diera cuenta, le dije, sacando todo lo que sabía de vocabulario amenazante: “No sabés con quién te metés malparido, la billetera, metela otra vez en el bolso hijueputa o te corto”. El pelao puso una cara de susto tremenda. Se puso pálido pálido. Seguro nunca se imaginó que lo fueran a pillar y menos yo, que parezco como tan mosquitamuerta, pero chiquita y todo y le saqué cuchilla. El pelao metió algo al bolso y yo lo despaché: “andate, perro” y se bajó ahí mismo. No te imaginás la felicidad mía. Yo si soy muy verraca, me decía, con un cortaúñas hacer que me devuelva la billetera, eavemaría, pura calle, yo si soy pura calle, pensaba orgullosa. Pero cuando llegué a la casa y fui a comprar unas cositas para la comida, me di cuenta que no me habían robado la billetera. Que no me habían atracado. Que si alguien era una ratera, la ratera era yo que tenía mi billetera y la de ese pobre muchacho en el bolso.

Comentarios

nataly dijo…
Muy bueno!
nataly dijo…
Muy bueno!
loperaja dijo…
Muy bueno. Creo que sara tiene una historia similar pero real, habrá que preguntarle. Un solo reparo: el quesito no es rancio, el quesito se vinagra.
Anónimo dijo…
Excelente!! Recreé imagen por imágen en la cabeza! Esos cuentos tuyos me transportan siempre a Medellín, la cosa más deliciosa! Además qué buen final!
clara jllo dijo…
le va llevando a uno con muy buen ritmo y un final que no me espere... muy bien... solo que eso de "abalorios"lo saca a uno del personaje...
Mónica dijo…
Me gustò mucho!!!!
Juan Guillermo dijo…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Guillermo dijo…
ESTABA BUSCANDO IMAGENES DE BUSES, CUANDO ME ENCONTRE CON ESTE CUENTO. MUY BUENO!
Juan Guillermo dijo…
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Juan Guillermo dijo…
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Juan Guillermo dijo…
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Juan Guillermo dijo…
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Juan Guillermo dijo…
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jajaj
buenisimo y con final feliz e inesperado.... aaa y yo creo que el quesito si se rancia....

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