PURO CUENTO CHINO I

Ésta es la primera entrega de una serie, realmente es sólo un cuento más largo que los demás, sobre los chinos que llegan a las costas colombianas ilegalmente.

Me llamo Li Juntao y ésta es la primera vez que veo un negro en mi vida. Porque yo si los había visto en imágenes, pero nunca así, de cerca. Llevábamos varios días en un barco oxidado y lleno de gente. Ustedes creen que en China es normal el hacinamiento, que en China se vive así. Pero lo que vivimos en ese barco en la mitad del océano no es cosa de chinos ni de nadie. El vómito esparciéndose con los movimientos del barco sobre la capa hedionda de más vómito seco. Los espacios para hacer nuestras necesidades empastados de mierda y orín por todas partes. El olor de la gente sin bañar, el olor de la gente junta. Los muslos junto a los muslos pegados por efecto de sudores de varios días. El óxido de las paredes que parecía comerse también a las personas.

A mi lado estuvo, durante un tiempo, una jovencita que se llamaba Xiu-Xiu y que también venía del estado de Guangzhou, (yo vengo de Guangzhou, casi todos aquí venimos de Guangzhou) pero de una ciudad que se llama Shenzhen. Yo en cambio vengo de Guangzhou, la capital del estado. Allá solía trabajar en una fábrica de replicas de relojes Rolex y Cartier. Trabajaba 12, 13, 14 horas diarias. Yo soy ingeniero de sistemas y aún así mi salario no era muy alto. La mayoría del dinero que ganaba lo enviaba a mi madre enferma en Wuzhou. Enferma según mi hermano, Li Tianmen, pero mi hermano es un miserable. Mi madre había muerto hace tres años, cuando yo me fuí de casa y el dinero que le enviaba a mi supuesta madre enferma sólo compraba cerveza para el miserable de mi hermano y sus mujeres. Xiu-Xiu tenía como yo, sus sueños caminando en New York, en San Francisco, en Los Angeles o al menos en Miami, nunca en Buenaventura y menos en el fondo del océano. A veces los sueños se le adelantan a uno y es muy difícil alcanzarlos mi señor.

La comida era poca y el viaje era cada vez más agotador. Los pocos alimentos que llevábamos desde China se acabaron rápido y nos teníamos que conformar con la única comida al día que nos daban Ellos. Ellos eran dos hombres que siempre estaban armados. Ellos llevaban camisas sucias y dientes de oro. Uno de Ellos llevaba el cabello largo, peinado cuidadosamente hacia atrás y sus ojos nunca miraban realmente a nadie. Eran ojos perdidos quién sabe dónde. El otro estaba siempre sudando. Sudando mucho. Era el más agresivo. Tenía varias cadenas de oro que le caían sobre el pecho y una barriga siempre brillante, siempre mojada. Ellos nos cobraron US20.000, algo así como 137.000 Yuan, (los ahorros de 10 años) por traernos en algo que nos describieron como un cómodo crucero al sueño americano. La idea no la vende ni el de la mirada perdida ni el que siempre suda. La idea se la vende a uno una mujer hermosa, un hombre limpio y vestido al estilo occidental. El sueño americano no es muy difícil de vender en China.

Cada vez que miraba a mi alrededor veía más gente gris, más gente arrepentida de haber partido. Pasados ¿diez días? ¿Diez horas? ¿mil años? Xian-Xian, mi única amiga de viaje, se empezó a enfermar. Su boca, que me contara emocionada hacía poco cómo pronto le iba a estar enviando dólares a su madre en China, estaba enferma, y ya sus labios parecían sólo dos rayas pintadas a lápiz sobre el papel viejo de su piel. La cuidé cuanto pude, teniendo en cuenta que mi salud tampoco era la mejor. La falta de sueño y las condiciones de asepsia de una habitación de 3x3 en la barriga de un buque carguero son demoledoras para cualquier organismo. Finalmente un día, mientras yo temblaba de frío, vinieron Ellos y se llevaron a Xian-Xian. La tomaron fuerte por los antebrazos y la arrastraron a la salida de la habitación. Yo me paré, con fuerzas de no se dónde, consciente de que no podría hacer nada. Que lo que seguía era inevitable. Que los ojos de Xian-Xian llenos de miedo iban a volar junto a su cuerpo desde la cubierta al mar. Pero igual me paré, igual los seguí y les dije que ella estaba bien, que no hicieran nada, que la dejaran. Ellos no respondieron y subieron a cubierta con el cuerpo febril de mi amiga que ya no volvió a ocupar su lugar a mi lado. Que nunca envió ni un dólar a su madre. Que nunca pudo alcanzar la velocidad de sus sueños. Que nunca vio Tumaco ni Buenaventura. Y así, de vez en cuando, Ellos entraban y sacaban otro y otro. En total fueron cuatro, cuatro que se enfermaron por culpa de Ellos, pero que Ellos sin piedad lanzaron al océano y que ahora seguramente son digeridos por un tiburón o están meciéndose en aguas abiertas, inflados y apestando, con sus sueños hundiéndose debajo de ellos.

Finalmente, cuando yo sentía que iba terminar acompañando a Xian-Xian, que iba a terminar como mi amiga a la deriva, quizá tomado de un troco seco unos días haciendo mi sufrimiento aún más largo, quizá ahogado en medio de una fiebre alucinante. Cuando estaba convencido de que éste era el peor error de mi vida, nos sacaron de la panza del buque. Vimos el sol después de ¿meses? ¿años? ¿siglos? Realmente no se cuanto tiempo estuvimos en esa habitación pequeña, el tiempo se perdía entre el oxido de las paredes y los olores nauseabundos. Nos llevaron a la costa en una lancha pequeña. La noche era caliente y húmeda. El Buque siguió su camino quién sabe dónde llevándose su óxido y los peores días de mi vida. En la selva pusieron unos colchones de fibra de plátano y allí pasamos esa noche y el día siguiente espantando hordas infames de mosquitos y luchando con la sensación de estar todavía en el buque. Cuando el sol comenzó a ocultarse nos dijeron que nos preparáramos, que íbamos a partir. Poco después, una embarcación aún más pequeña que la de la noche anterior, nos recogió. El capitán era un negro sin camisa con una pantaloneta de flores y un tatuaje en el pecho de una mujer desnuda. Yo no me explicaba cómo diablos íbamos a caber los 18 de nosotros, los que quedábamos, en esa barquita tan pequeña, y aún más, cómo iba a moverse con un motor fuera de borda tan viejo y destartalado. Pero Ellos dijeron que ahí cabíamos, y ahí nos tocó caber. La Embarcación se movía lento, muy lento y en momentos daba la impresión de que pudiera voltearse. Nos pasamos toda la noche y parte de la mañana en esa travesía. Yo me la pasé mirando a la costa. La luna hacía un camino de luz sobre el mar y había un olor de frutas dulces en el ambiente. Las palmeras se movían al ritmo de un viento bailarín, coqueto, que las acariciaba tiernamente, jugando con ellas, bailando, juro que estaban bailando. Creo que desde ese momento me empezó a gustar Colombia. Que desde ese momento decidí que mis sueños se iban a quedar caminando solos en Nueva York, mientras yo bailaba con el viento y las palmeras en Buenaventura.


Comentarios

Anamaria dijo…
buena por colombia.... muy bien y bueno por vos que escribis muy delicioso..felicitaciones.
amalia-anamaria
Camila Avril dijo…
Tomás, muy buen relato. Se espera los que siguen.
Dajara dijo…
Hey por qué no me preguntás cómo me pareció??!

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