Sven, Primera entrega

Síndrome de Estocolmo

Sven Lindhom se levantaba cada Jueves a las siete y cincuenta y cuatro de la mañana. Tomaba un baño de cinco minutos porque los jueves no se lavaba el pelo. De lo contrario se hubiera levantado a las siete y cincuenta y dos, porque usaría dos minutos más bañándose. Después se vestía con la ropa que había preparado desde el día anterior. Jueves: corbata de seda roja, camisa blanca de algodón, pantalón negro de corte elegante y chaqueta negra. Las medias y los calzoncillos eran iguales para todos los días. Los compraba en el H&M de Kungsträdgården cada seis meses. Ocho pares de medias negras largas y ocho calzoncillos blancos sueltos. Tras vestirse, iba a la cocina y preparaba café. Era tal vez el único momento que verdaderamente disfrutaba en el día, el café de su Espresseria Premium Automatic Krups EA 8260, en la que había gastado las 753 kronen mejor gastadas de su vida. La EA 8260 trabajaba silenciosa y mientras esperaba, Sven entraba a la Internet y visitaba la página de Aftonbladet para enterarse de las noticias. La economía, bien. El desempleo 4%. Un accidente en Jakobsgatan: dos heridos. No sabía porqué se molestaba en leer las noticias a diario si periódicos de su país eran iguales todos los días: todo iba bien. Tal vez lo hacía sólo para ver los resultados del Hockey. Cuando la lucecita de su EA8260 le indicaba que el café estaba listo, desayunaba: un espresso sin azúcar, dos panes redondos pequeños con mantequilla y dos tajadas de queso. A las ocho y treinta de la mañana exactas salía de su apartamento, en el 62 de Pilgrimsvägen, esperando no encontrarse con algún vecino conocido a quien tuviera que saludar y le hiciera perder su tren de las ocho y treinta y cuatro. Al salir por la puerta de vidrio del edificio se ponía los audífonos del iPod, oía algún Podcast de National Geographic que había descargado el día anterior y caminaba las dos cuadras que había entre su casa y la estación Aspudden donde tomaba el tren de todos los días. Los rostros eran casi siempre los mismos. A las ocho y cuarenta y ocho atravesaba con paso rápido la puerta del vagón y subía las escaleras de la estación Östermalmstorg, compraba una manzana y se dirigía al trabajo. Entraba al 18 de Grev Turegatan a las ocho y cincuenta y seis minutos, con tiempo suficiente para subir las escaleras, saludar a Judit, la recepcionista de Adolfson & Olander AB, Consultores Financieros, y dirigirse a su oficina. A las nueve exactas ya había encendido su computador y estaba trabajando.

Después de enterarse de que iba a morir pronto, Sven Lindhom llegó a su casa y se percató de que la Espressería no tenía café. Abrió una bolsa y rellenó de granos olorosos el compartimento que para ello tenía la máquina. Mientras esperaba que la máquina hiciera su trabajo, la noticia se pudo asentar en su cuerpo, más exactamente en su estómago. Sentía como si lo estuvieran inflando con un gas pesado. Se iba a morir. Se iba a morir. Se iba a morir pronto. No podía asimilar lo que sentía, estaba verdaderamente incómodo. Tenía seis meses, a lo sumo un año de vida. La lucecita de la Espresseria se encendió indicando que había terminado de llenar el pocillo de cerámica italiana. El olor a café fresco le alivianó un poco la sensación en su estómago.

El apartamento de Sven era de un gusto muy sueco. La sala era la página 36 del catálogo de IKEA dos mil nueve, la cocina, la página 126 y su habitación la 150. Cambió toda la decoración cuando le aumentaron el sueldo, hace un año, por haberse quedado dormido en el trabajo. Un día el señor Olander entró a su oficina y le pidió permiso para sentarse. Sven pensó que lo iban a despedir.

- Adelante, Señor Olander.

El Señor Olander sonrió amablemente y arrastró la silla Arezzo roja lo más cerca que pudo al escritorio de Lindhom, intentando crear una atmósfera de confianza. Se sentó, lo miró a los ojos, esperó unos segundos mientras escogía con cuidado las palabras y finalmente dijo:

- Sven, estamos preocupado por ti.

La expresión de su rostro era grave. De verdad se le veía preocupado.

- ¿Porqué?, señor Olander.

Sabía que era porque se había quedado dormido.

- Llámame Erik, Sven; Sabes que no me gusta que me digan Señor Olander.

- Lo siento, Erik.

Sabía que el Señor Olander odiaba que le llamaran Señor Olander.

- Porque… porque te han encontrado durmiendo en el trabajo dos veces esta semana.

Esto lo dijo en voz baja, casi imperceptible, como si se avergonzara de decirle que se había enterado.

- Lo siento Seño… Erik. No he dormido bien.

Realmente había dormido de maravilla. De hecho, por esos días encontraba muy agradable dormir, y no se había dormido dos veces sino todos los días. Pero sólo dos veces entró a su oficina Margareta, la de contabilidad, a despertarle de la manera más desagradable: Carraspeando su garganta de gallina clueca. Él despertaba sobresaltado, pero en poco tiempo recobraba con naturalidad su postura. Recibía los papeles que le venía a traer Margareta, que se limitaba a mirarlo con reproche, y al salir ésta, volvía a su posición y seguía durmiendo.

- Lo hemos pensado mucho Sven y creo que es culpa nuestra: Las horas extra, los informes, la presión a la que te hemos sometido.

Sven no esperaba que el señor Olander dijera eso. Tenía en la punta de la lengua una sucesión de disculpas que había preparado con anterioridad, porque sabía que Margareta no se quedaría callada y que pronto le visitaría alguno de sus jefes. No había preparado respuesta para un jefe preocupado sino para uno bravo. Hubo una pausa de unos segundos, que el señor Olander cortó diciendo:

- Eres un buen empelado Sven. En los siete años que llevas con nosotros has hecho tu trabajo con responsabilidad y calidad. Nos gustaría que fueras más a los espacios sociales que promovemos, pero entendemos que prefieras estar con tu familia o la tranquilidad de tu casa. El señor Adolfson y yo queremos que te tomes unos días, que descanses. No importa cuantos. Vete un tiempo a la casa de tus padres en Karlstad, vete al caribe, o simplemente descansa aquí en Estocolmo, como prefieras.
A Sven no le agradaban mucho sus compañeros de trabajo y nunca iba a ninguno de los “espacios sociales” que promovía la compañía para estrechar los lazos entre los trabajadores. La única vez que fue, tomó más Schnapps de los que debía y terminó insinuándosele Margareta, la de contabilidad, que lo rechazó sin misericordia Del incidente se habló durante meses en la oficina.

Sus padres habían muerto hacía años en un accidente automovilístico, pero cuando llegó a Olander & Adolfson AB, Consultores Financieros, se encargó de revivirlos para, de cuando en cuando, irse de la oficina temprano los viernes y llegar a tiempo a la comida en casa de su padres. En realidad se iba al apartamento a ver televisión o a algún bar a intentar conseguir que alguna mujer le acompañara a casa.
El señor Olander esperaba que su empleado dijera algo, pero Sven seguía contrariado. Esa conversación se había retorcido en un sentido que Sven no esperaba. Lindhom no sabía qué decir, así que sólo asintió. Con cada segundo que su empleado permanecía callado, Erik se sentía cada vez más avergonzado. Verdaderamente pensaba que era su culpa que Sven se quedara dormido en el trabajo. No aguantaba ese silencio y tuvo que rellenarlo con lo primero que se le ocurrió:

- ¡Además queremos que aceptes un aumento! Pasarás de trescientos ochenta mil Kronen anuales a cuatrocientos mil, como agradecimiento a tu excelente rendimiento durante estos años de trabajo.

De nuevo Sven se quedó callado.

- Ah, y en cuanto a lo que gastes en tus días libres, déjanos pagar el cincuenta por ciento…

Sven se daba cuenta de que ese silencio era buen negocio y que si permanecía callado el señor Olander le ofrecería cualquier cosa: ser socio de la firma, una noche con su esposa, un Volvo... Pero no le importaba. No quería que el señor Olander estuviera más al frente suyo con esa actitud de jefe comprensivo. Sencillamente, estaba cansado de él. Así que dijo secamente:

- Gracias, Erik.

La cara del señor Olander dejó de estar tensa, y aunque sabía que había prometido más de lo que debía, se enorgullecía de velar por los intereses de sus empleados de manera tan franca y desinteresada. Estaba seguro que Sven estaría agradecido con él de por vida y aceptaría quedarse en ese cargo sin proyecciones. Salió de la oficina feliz y en la noche, mientras comía. le contó a su esposa y a sus hijos lo buen jefe que era.

Sentado en su sofá de IKEA saboreando un espresso, Sven Lindhom pensaba en la muerte. En lo abstracto que encontraba todo aquello. Un médico le acababa de decir que iba a morir antes de un año. No comprendía qué podía significar “morir antes de un año”. ¿Significaba que iba a verlo todo blanco, muy brillante, como cuando se mira el sol directamente?, ¿Significaba que iba a ver negro, todo negro, y que iba a dejar de ser consciente de ver nada? ¿Iba a ser nada? ¿Significaba que no tendría que seguir trabajando? En términos prácticos, Sven encontraba muchas contrariedades en el tema de Su Muerte. ¿Acaso debía ponerse a dieta para ser un cadáver esbelto y elegante?, ¿qué dieta?, ¿la del astronauta? Realmente no sabía nada de dietas y no sabía si tendría tiempo para ponerse al día en el tema. ¿Debía comprar él el vestido que usaría en el ataúd, o le dejaría esa responsabilidad a los servicios sociales? ¿Sería un vestido elegante, o quizás algo casual? Piensa que es mejor ser un muerto elegante, que un muerto cómodo. Al fin y al cabo, muerto estaría. ¿Quién iría a su funeral?, ¿Irían sus vecinos, a quienes evitaba saludar siempre?, ¿irían el señor Olander y el señor Adolfson? ¿Dónde sería enterrado?, ¿cremado? Cremado le parece una buena opción, algo práctico. ¿Escogería un recipiente metálico para sus cenizas, o uno de madera?, si fuera de madera, ¿sería esmaltado brillante o con un acabado rústico?, ¿habría en el catálogo de IKEA algo que sirviera?, ¿le correspondía a él escoger el recipiente para sus cenizas? Debía hacer muchas cosas antes de morirse. La sensación de pesadez se volvía cada vez más insoportable, sentía que su cuerpo entero estaba inflado con ese gas pesado y que el sofá no resistiría y colapsaría pronto.

El médico había dicho: “Antes de un año”. Pero, ¿qué era un año en la vida de Sven Lindhom? Recuerda que en su infancia, un año era una barbaridad de tiempo. La distancia temporal entre un invierno y otro, era para el pequeño Sven, una vida entera. Recordó a su padre: alto, rubio como él, barrigón y de carácter fuerte. A su madre, cariñosa con él y sumisa con su padre. Pudo sentir, por un momento, el sabor de los pancakes que le preparaba los domingos. Recordó a Theo, el fox terrier con el que había tenido tantos momentos felices. Theo le enseñó que era mejor no encariñarse demasiado con nada. Cuando el Señor Ulrich atropelló a Theo Sven había sufrió tanto, lloró semanas enteras, por lo que que decidió renunciar a sentir algo parecido. Hoy el tiempo era algo muy diferente para él. Una semana de su niñez podía compararse con un año en Olander & Adolfson AB, Consultores Financieros. Cuando empezó a trabajar allí, se limitaba a intentar hacer de sus días fotocopias uno del otro, para no diferenciar el lunes del viernes. Para hacer el tiempo entre un pago y el otro más corto, empezó a tratar de uniformar los días para confundirse y que sólo las estaciones le dieran pistas sobre el avance de los meses. La rutina, lo sabía por experiencia, hacía de su vida un río tranquilo pero rápido. En lo que nunca había pensado, era en que ese río tendría un fin. O cuando lo había hecho, se imaginaba viejo. Al menos un poco más viejo. Para ese momento, ya había terminado el séptimo espresso. Fue a la cocina, lavó el pocillo y se acostó .

Comentarios

Humberto Dib dijo…
Muy buen relato, Ocio, sigue más?
Qué bueno que posteaste.
Te dejo un saludo.
Humberto.
OCIOPINTORESCO dijo…
Hola Humberto, claro que sigue mas! Estoy trabajando en la entrega 4... Es que he tenido a mis lectores en un abadono que me da vergüenza, por estar escribiendo algo un poco mas largo. Saludos y gracias por el comentario!
Renata dijo…
Muy bueno! Me encanta como escribes, ya quiero saber como sigue...
un abrazo :)
OCIOPINTORESCO dijo…
rena! que bueno tenerte por aca!
Que bueno que te guste a vos, que me podés dar buenos consejos sobre la vida puallá en esas tierras desarrolladas. jaja.
Un abrazo de vuelta.
Excelente amorito, se ve la investigación en los detalles, no veo la hora de el próximo.
barrigon dijo…
Que bueno volver a encontrar algo, para leeer.Vamos Tomas, no se "duerma".
EL Mosco dijo…
Excelente! Me gustó mucho, espero el próximo!
juan manuel dijo…
Un excelente relato y me gusta mucho la forma como llevas el relato, pues aunque no existe el recurso de las metaforas, mantienes el vilo al lector frente ante una situación tan terrible como el anuncio una muerte próxima. Muchas felicitaciones y hay que seguir por esa linea.
Juan manuel dijo…
Un excelente relato y me gusta mucho la forma como lo desarrollas, pues aunque no existe el recurso de las metaforas, mantienes el vilo al lector frente ante una situación tan terrible como el anuncio de una muerte próxima. Muchas felicitaciones y hay que seguir por esa linea.
SaraEG dijo…
Tommy Lo máximo, apenas lo acabo de leer pero está super, ya voy a leer la segunda parte.
Muchísimas felicitaciones :)
Josef Karolys dijo…
Mi viejo, en vez de "kronen" (la corona), te recomendaría poner "kroner" (coronas)... o simplemente "coronas".

Va muy bacano el texto!

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