SALAMINA

La batería

Debo confesar, aunque me sonroje un poco, que la batería estaba como que sí como que no desde hacía días. Uno se da cuenta. Una vocecita interior le avisa a uno y uno la ignora, como si la cosa fuera con otro. El encendido sonaba extraño, como la tos de un viejo, y así, sin más, ya no era una tos, sino un pequeño carraspeo que no era suficiente para encender el carro. Estábamos en una de las rectas entre Bolombolo y La Pintada. Éramos los primeros en un paso a un solo carril y el pelao que sostenía la colombina de PARE y SIGA nos había explicado que sería al menos media hora esperando porque iban a usar explosivos. La temperatura ahí, justo al lado del Cauca, es picante, y sin batería, nada de aire acondicionado. Atrás, solo volquetas, ni un automóvil. Sin solución a la vista. Un intentico más, me monto al carro, toda la fe, bendición a la llave, y dele la vuelta, suavecito. Un pequeño sonido, cada vez menos audible, pero… Nada. Y como es que ahí mismo, el señor del PARE gira la paletica a SIGA. Yo estorbándole el paso a doce volquetas enormes. No, mijo, figuró. Para abajo, llaves a Naty, y empuje papito. Diez, veinte metros, y nada, el señor de la colombina, solidario, se puso a mi lado a empujar, última esperanza, y suena por fin ese motor encendido. Qué belleza. Corra, que nos fuimos, me monté en movimiento para no correr riesgos, y chao y que gracias. En La Pintada cambiamos la batería y echamos gasolina, maluco también es bueno.

Nos fuimos por Bolombolo porque detesto la otra vía. Esas curvas cerradas, los camiones enormes, la gente pasándose en tramos de un carril. El frío. No, para mí, la vía a La Pintada es por Bolombolo, con calorcito y torta de pescado con adición de mercurio donde Lalo. Lo que no mata engorda, dicen. O si la cosa es de hambre-hambre, en Peñalisa se come uno una punta de anca o una cazuela de fríjoles en La Mayoría del San Juan, justo donde hay que tomar el desvío para cruzar el Cauca. Mejor dicho, es un poco más largo, pero es puro suroeste. En la carta del restaurante, por detrás, hay un mapa de la región muy bacano que siempre me da unas ganas inmensas de puebliar, y me recuerda que falta mucho por conocer. Las meseras con su uniforme verde, muy bonito, la cocina tradicional, y al fondo, en la sección de mecato y dulces, hay que rematar con una paleta de arequipe de San Jerónimo, porque ajá, así es que es.

De La Pintada para adelante la carretera es perfecta y justo después del peaje de Supía, nos encontramos un puente extraño que es el primer aviso de que lo que sigue es complicado y que para ir a un sitio tan bonito, hay tener espíritu aventurero. Ese puente metálico que hay que tomar haciendo un giro extraño, marca las partidas a Salamina. La primera impresión, en el camino, es hermosa, de una riqueza botánica y una exuberancia tremendas. El paso de los pisos térmicos mientras se asciende es sorprendente. Los cambios en la vegetación nos recuerdan, con cada curva, lo increíble que son nuestras cordilleras y la fuerza de los primeros colonos que subieron con brío por esos parajes sin caminos. A medida que se asciende aumenta la vista hacia el Cauca, se amplía nuestra perspectiva sobre las montañas y los valles, pero eso sí, se sube lento. Bastante lento. Y los últimos kilómetros son los peores, la carretera se vuelve sinuosa y llena de baches, destapada. Ya en ese momento la luz no ayudaba, con los contratiempos y el almuerzo, nos cogió la noche. Además, el cansancio se va acumulando y las carreteras sin asfalto te obligan a poner más atención y comenzás a sentir esa vibración dentro de los huesos. Finalmente, las casas comienzan a aparecer, como en casi todas las poblaciones del país, primero una, después de una curva otra, y así, hasta que se vuelven una hilera completa a lado y lado y uno sabe que llegó. Eso, y el Waze, que avisa, con voz de española, que has llegado a tu destino.

Salamina

Y nuestro destino era el Bed And Breakfast Casa Carola, a una cuadra del parque principal y que, muy convenientemente, tiene parqueadero al frente. Bajamos el equipaje y tocamos el portón de madera. Lorenzo, nuestro anfitrión, abrió con una sonrisa y nos hizo un primer recorrido por el caserón de 140 años. El piso de madera, altura doble -o quizá triple-, un jardín muy lindo en el patio central. La sala de estar con papel de colgadura art decó de 80 años de antigüedad. En la cocina, Johana, la esposa de Lorenzo, que estaba preparando la comida, nos saludó efusivamente. El comedor, justo al lado de la cocina, está enmarcado por un portón de madera con calados y tallas del Maestro Eliseo Tangarife, orgullo de la región. Siguiendo por el corredor, a mano izquierda una salida a la parte posterior de la casa nos sumerge en otro jardín, este mucho más generoso y amplio, con un guayabo y flores de varios tipos que nos convencen de la fortuna que tuvimos al escoger Casa Carola. Al volver a la casa, sobre el mismo corredor y al lado de una pequeña salita con dos mecedoras de madera doblada, nuestra habitación. Descargamos allí el equipaje y nos acostamos un rato en la confortable cama muy felices de haber dado con ese sitio de ensueño. La reservación era solo por un día, porque, para ser sinceros, la casa tiene un pequeño defecto. Al ser patrimonio arquitectónico nacional no se puede modificar y, como es bien sabido para cualquier estudioso de nuestra arquitectura colonial, las casas de antes solo tenían un baño -muy al estilo europeo-. Casa Carola tiene dos para cuatro habitaciones. Eso nos hizo dudar, porque no nos emocionaba mucho la idea de compartir el baño, pero ante la cálida la bienvenida de Lorenzo y Johana y la belleza del lugar, nos decidimos a reservar para el día siguiente. La comida estuvo deliciosa: risotto de chorizo paisa, una entrada de Hummus con zanahorias y de postre torta de chocolate con salsa de maracuyá. Mejor dicho, una mezcla de recetas y preparaciones de todo el mundo, con ingredientes locales. El jugo de tomate de árbol merece mención aparte. Llevaba varios años sin tomar este, que es, junto con el de mora, patrimonio de la familia paisa. Qué frescura, hermano, recién hecho, con el contraste perfecto entre el dulce y la acidez. Quedamos muy satisfechos con la comida, y como estábamos un poco cansados, decidimos irnos a la cama temprano.





Al día siguiente, el desayuno: Unos pancakes muy al estilo gringo, esponjosos, gruesos, muy frescos, con mantequilla, nutella, queso crema, miel, mantequilla de maní y mermelada de frambuesas –las últimas hechas en Casa Carola por Johana-. Huevos revueltos, fruta con granola –también hecha en casa- y yogurt sin azúcar. Con ese impulso salimos para el parque y tomamos las primeras fotos de personajes, lugares típicos, ventanas y portones de colores, del imponente quiosco central y de la calle real, llena de banderas de Salamina. Estando en esas, vimos que de uno de los negocios de la plaza salía un olor a café dulce. Yo, que soy gomoso con el tema, no me aguanté y cogí para allá a ver qué era la cosa. El negocio se llama fruti-café y está en un edificio donde antes quedaba el cine. En las paredes, afiches de películas viejas, desde westerns hasta perlas del suspense y, en un costado, dos máquinas proyectoras antiguas muy imponentes que hablan, pasitico, de lo importante que fue el poblado. En la esquina, casi oculta, una tostadora de café con ruedas, de tolva y cuerpo color bronce brillante. El primer bache de café, que fue el que nos llamó, estaba saliendo, y el dueño, originario de Chiquinquirá y que pasó veinte años de su vida en Nueva Jersey, se preparaba para tostar un segundo. Aproveché para hablar con él mientras Naty respondía sus mensajes de cumpleaños en el celular y le pude ayudar a tostar el café, un proceso que siempre había querido ver de cerca. Finalmente, me tomé un espresso hecho con el café acabado de tostar y nos despedimos, porque el plan era conocer el mirador de Samaria.







El Valle de Samaria

La carretera hacia San Félix es también destapada. Se sale por la calle Real, recorriendo un nuevo tramo de Salamina. Un tramo más vivo, con más movimiento. Es diferente a casi todos los pueblos de Colombia, cuya vida se concentra en el centro. Allí, el movimiento está a unas cuadras, desde mercado y carnicerías, hasta casas de citas, donde las muchachas muy maquilladas miran desde las mesas a sus posibles clientes. Allí mismo están los jeeps, que en caso de no tener carro propio, se pueden contratar para ir al valle de Samaria. El camino hacia San Félix es de más o menos una hora, pero es una carretera un poco mejor que la que hay que tomar para llegar a Salamina y además es en constante ascenso, lo que nos deja ver nueva vegetación y la vocación de esa parte del municipio: la leche y la papa. Salamina fue colonizada por paisas, desde allí salieron los fundadores de otros municipios de Caldas, incluido Manizales, pa que sepa. Pero San Félix, que administrativamente es parte de Salamina, fue colonizado por boyacenses. Ahí, pienso yo, está la clave para entender lo de la leche y las papas. Se llega, pues, a la placita del corregimiento, donde la gente va con ruanas de lana y las casas son de colores pastel, y se debe tomar otro camino para llegar al Valle. Casi desde ahí, se comienzan a ver las palmas de cera. La razón del viaje. Son más o menos quince minutos por una carretera estrecha que, a un costado, recorre un bosque de estos gigantes hermosos. No se cuánto nos tomó llegar al mirador, porque paramos varias veces a tomar fotos de un paisaje que llamaría irreal. Hay que recordar que la altura sobre el nivel del mar es 2.825m, que hace frío, pero que ahí están las gigantes palmas de cera, como vigilantes, como testigos silenciosos de la historia. En una curva, de la nada, oímos que venían detrás, como un grupo de niños alegres camino a la escuela, bullosos y coloridos, los loros oreji amarillos. Pasaron por encima nuestro y se posaron sobre un árbol al lado del camino, como saludando, como exhibiéndose. Nosotros felices de conocerlos, de poder estar tan cerca, sacamos la cámara y pudimos tomar algunas fotos, pero la sensación fue lo más interesante. Vernos en una carretera en medio de la nada, rodeados de palmas de cera, todas altas y serias, y de loros coloridos, conversadores y ruidosos, fue fantástico. El mirador está correctamente señalizado, se llega fácil, y es un punto privilegiado desde donde se puede ver el bosque de palmas de cera más grande del mundo. Es la casa de John Alejandro y su familia, que ofrecen almuerzos, caminatas, cabalgatas y dentro de poco, hospedaje rural allí. Nosotros almorzamos trucha frita y disfrutamos de las historias de John, que es sin duda, tan especial como el bosque, un pelao echao palante, que con solo 23 años, está haciendo mucho por su familia, por su comunidad, por el ecosistema que habita. Les dejo esa historia a ustedes, porque si van a Salamina, es casi una obligación visitarlo a él y a sus gigantes.








Después del almuerzo volvimos a Salamina. Antes, paramos en San Félix a comprar un queso campesino fresco y, en el camino, vimos unos campesinos cosechando papas. Nos detuvimos a la orilla, para tomar una foto del proceso y para preguntarles cómo se hacía. Ellos, muy amables, nos mostraron y muy negociantes, nos vendieron medio bulto de papas. Lo que pagué por él, sinceramente, no vale lo que vi en ese momento. Un grupo de verdaderos colosos del campo trabajando sobre una colina que huele a tierra movida, enmarcados con una de las palmas de cera más altas. Una escena inolvidable. La papa, oculta en la tierra, ve la luz cuando con la mano o con el azadón, el campesino la encuentra. La maleta del carro es cuento aparte, porque quedó llena de tierra y la lavada fue complicada, pero la historia queda. De vuelta en Salamina, visitamos la casa museo, también con tallas de Eliseo Tangarife, y dos habitaciones grandes con antigüedades y otra con todos los computadores de Apple, o casi todos, porque creo que el primero es imposible de conseguir. Entre las antigüedades hay algunos cuadros con fotos de los personajes del pueblo que el guía del museo acompaña de anécdotas. Como la del popular Perola, un tinterillo que comenzaba todas sus frases con “pero la cosa es que…” y de ahí su remoquete. Se decía también de él que era muy sincero, porque cuando comenzaba un caso, decía de frente: “son 10 pesos ya y 10 cuando lo condenen”. Salimos y nos dirigimos a la casa de la cultura, que para esa hora ya estaba cerrada y se burló de nosotros y de todos los viandantes, con su cara de demonio loco, obra de Tangarife. En la noche, nos fuimos al hotel, conversamos un rato, y comimos en el jardín de la parte de atrás, entre la vegetación, hummus, falafel, berenjenas con pimentón y pan árabe recién hecho. Una delicia que disfruté para mi propia sorpresa, porque soy absolutamente carnívoro, y que nos dejó listos para la cama.






A Medellín



El domingo decidimos volver a Medellín. Tras hablarlo con Lorenzo, y buscando cambiar el paisaje y conocer otros lugares, decidimos que nos iríamos, no por la vía principal, sino por Pácora-Aguadas-La Pintada. Nos despedimos, pagamos el parqueadero -$16.000 por las dos noches-, y salimos a las diez de la mañana rumbo Medellín. Este camino es un poco mejor y, aunque tiene tramos destapados, la mayoría es sobre pavimento. El único tramo largo sin pavimentar, es bajando de Arma hacia La Pintada. Disfrutamos mucho la travesía, así fuera un poco más larga, porque se ven, a lado y lado de la carretera, paisajes muy bonitos y, llegando a Aguadas, montañas llenas de café y plátano abrazados por una bruma poderosa. Vale la pena verlo, de verdad. Ya en Aguadas, nuestra idea era conocer al putas y comprar un sombrero aguadeño. Al putas, no lo vimos. Lo más posible es que se hubiera quedado en la cama, porque el frío era tremendo. Y los sombreros, tampoco, porque la cooperativa cierra los domingos -¿AH?-. Así que seguimos derechito a Medellín, muy rápido, porque los domingos no hay cierres en la vía. Llegamos a las 3:30pm a la casa a lavar ropa y a ver películas.



Comentarios

Anónimo dijo…
Tremendísimo. ¿Para cuándo un libro de viajes por Colombia?
Anónimo dijo…
El putas sos vos Tommy! Que buen relato! Felicitaciones! Un abrazo. Andy w.
Jugo de Algarroba donde Lalo es divino. Y las de verde más adelantico también..
clara jllo dijo…
Demasiado antojador...hay que hacerlo! Con este relato queda uno mas que antojado...felicitaciones Tomashenko!!!
nuevecerocuatro dijo…
Tomas: qué buena crónica! Y qué fotos!. Mi bisabuelo Ildefonso Echeverri fué de los primeros colonos por esas tierras de San Felix, Salamina, Pozito, Cabuyal...Tenía casa al lado de la Iglesia (y oía la misa por una ventanita, como Felipe II. Será que se creia Felipe II ?). Mi abuelo materno fué Notario 25 años, relegido repetidas veces previas intrigas de mi abuela en Bogotá al vencimiento de cada período. Ella se iba en el cable de Manizales a Mariquita..!. Toda mi familia Echeverri, Marulanda y Villegas, pelechó allá, allá nació, creció, se reprodujo y muchos murieron y están en el Cementerio. Allá combatieron a los Liberales, allá en 1879 degollaron 150 godos y luego de la batalla "del deguello" mi antepasado Cosme Marulanda, (El "general") conservador, se paseó del brazo de su rival y vencedor, Valenti Deaza, liberal, por entre los cadáveres regados en por la Plaza. La Casa del Deguello, seguro la vieron. Allá pasé muchas vacaciones de infancia en la casa de mi abuela paterna o mi tío Eduardo. De allá fue "reina de belleza del pueblo" mi mamá, BERTA I. Es decir, como se puede adivinar, disfruté mucho tu excelente crónica. Una Nota: los boyacenses llegaron a San Felix después y desplazaron a los cultivadores originales de la papa, no fueron los "colonos" originales de esas tierras. Un abrazo. Jenaro

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